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Full text of "Larrosa De Ansaldo Lola Hija Mia"

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Lola La rrosa do Ansaldo. 



HIJA MIA! 



NOVELA. 




BUENOS AIRES. 

Imprenta de Juan A. Alsjna, México, 1422, (antes t;34). 



DEDICATORIA 



a 



dZ. S. de fas 3). 

SEÑORA ! 

Mi mente ha elaborado un poema de amar 
materno . 

A nadie mejor que á tí debo consagrarlo. A tí, 
que } como mi madre bendita, tienes derecho á que yo 
arroje á .tus pies las humildes flores de mi huerto . 

Ampáralas para que jamás se marchiten. 



^Ño&ytes. 




HIJA MIA! 



i. 

DOS ROSAS Y UNA ADELFA. 

En un saloncito de estudio, en cuyas 
paredes se ven lujosos estantes, cubiertos 
de libros, liábanse reunidas tres niñas, en- 
tregadas á las labores diarias. 

Dos son rubias; la otra morena. Esta 
se llama Enriqueta, y cuenta apenas dieci- 
ocho abriles. De < sbelta talla, de maneras 
suaves y distinguidas, de cabello negro, 
partido en dos gruesas trenzas, el rostro de 
una dulzura incomparable, hermoso como el 
sueño de la inocencia, su tez pálida ilumí- 
nanla los destellos de sus ojos, también ne- 
gros como el abundoso cabello. Diríase que 




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DOS IIOSAS Y UNA ADELFA 



la prístina belleza de aquella niña solo era 
comparable á la rosa que entreabre su cáliz 
al soplo acariciador de la brisa matinal. 

Viste sencillo traje, celeste pálido, y lleva 
con suma gracia, un delantal negro, apri- 
sionando su cintura breve. 

Las dos rubias difieren entre sí por su as- 
pecto físico ; pues aunque son hermanas, nin- 
gún rasgo fisonómico identifica esta afini- 
dad. 

Matilde, que tiene la misma edad de Enri- 
queta, no iguala á esta en estatura; es más 
pequeña, de formas más desarrolladas, y es 
ménos" rubia que su hermana. La bondad 
refléjase en su rostro alabastrino, que ofrece 
el más delicioso conjunto de gracias. Es son- 
rosada, fresca y sonriente; sus ojos azules 
miran con cariñosa expresión, y su boca, 
verdadero nido de encantos, siempre movi- 
ble, como rizada onda acariciada por blando 
céfiro. 

Berta ofrece notable contraste. Es muy 
rubia, de tez pálida, de regular estatura, y 
su rostro, indiferente al parecer, es frió en la 




DOS ROSAS Y UNA ADELFA 9 . 

expresión; los ojos de tintas verdes, y la mi- 
rada dura y recelosa; nunca se descubre en 
ella la sinceridad, ni la dulzura, que brillan 
en los ojos de Enriqueta y de Matilde. 

Su boca tiene ya marcado el sello pronun- 
ciadísimo del desden y la ironía; sonrie casi 
siempre con despreciativo gesto, y su cabe- 
za erguida la mueve con altivez, cual reina 
despótica, acostumbrada á mirar todo infe- 
rior á ella, desde las alturas del trono. 

Tales son á grandes rasgos, las cualidades 
físicas de las tres jóvenes, entregadas á sus 
labores cuotidianas en el salón de estudio de 
su propia casa. 

Matilde viste como Enriqueta; solo Berta 
difiere en su tocado: lleva elegante vestido, 
color rosa, adornado de finos encajes blancos. 

El diálogo que vamos á oir, nos pondrá 
al corriente de las cualidades morales de 
nuestras tres niñas, revelándonos á la vez 
sus condiciones de carácter, y el puesto que 
ocupan respectivamente en aquella morada. 

— ¿Qué dirá nuestra institutriz — excla- 
ma Matilde — cuando vea mi labor tan atra- 




10 



DOS ROSAS Y UNA ADELFA 



sacia? Dios mió! Y he de concluir pronto el 
bordado de esta bata; es para obsequiar á 
mamá en el aniversario de su natalicio. 

¡ Qué contenta quedará con mi regalo ! Me 
ama tanto ! 

— ¡Feliz tú, que tienes madre y que pue- 
des consagrarle todas tus caricias y todas 
tus ternuras! — murmuró Enriqueta, ele- 
vando su mirada entristecida al cielo, que 
resplandecía tras el balcón del aposento. 

Matilde, abandonando sus labores, corre 
á abrazar á su amiga, vertiendo ámbas lá- 
grimas silenciosas* inequívoco signo de sen- 
timientos afines. 

— Al oirte hablar así, Enriqueta — dijo 
Berta — ¿ Quién no pensará que aquí se te 
maltrata ? 

— Oh! nó, nó! — repuso la joven, enju- 
gando su doliente llanto, y desprendiéndose 
suavemente de los brazos de Matilde. — In- 
grata sería si me quejára de vosotras. Doña 
Marcela, vuestra bondadosa madre, me ama 
y me dispensa todo género de cuidados y 
consideraciones 




DOS ROSAS Y UNA ADELFA 11 

— Y sin embargo, — interrumpió Berta 
en tono seco — eres desagradecida: no sabes 
valorar todo cuanto te rodea, 3^ siempre se 
sorprenden lágrimas egoístas en tus ojos. 

— Hermana! — exclamó Matilde repro- 
chando la dureza de las palabras de Berta. 

— Dios mió ! — • murmuró Enriqueta, acon- 
gojada y entre sollozos. — Considerad mi 
situación ! Me trajo mi padre á esta casa 
cuando yo solo contaba dos años escasos. 
Vuestra madre me acojió en calidad de hija 
adoptiva, consagrándome los mismos des- 
velos y solicitudes con que trata á vosotras. 
Debía mirarla siempre cómo á mi propia 
madre, ya que, según se me dijo después, 
había tenido yo la desgracia de perder á la 
autora de mis dias. . . . ! ¡A} t ! 

Y Enriqueta se detuvo un instante hon- 
damente contristada, y luego prosiguió : 

— Ya lo sabéis vosotras: desde entónces 
esto} 1 - al amparo de doña Marcela. Mi padre, 
en estos dieciseis años, solo le he visto cinco 
veces . . . ! Viaja siempre, y no tengo ni el 
consuelo del paternal afecto, porque siempre 




12 



DOS ROSAS Y UNA ADELFA 



me ha demostrado frialdad, despego. . . Pa- 
rece que mi presencia le causara desagrado. 
Y sin embargo, yo trato de ser cariñosa para 
con él. . . . aun cuando su aspecto me inti- 
mide hasta rehuir su presencia. 

— Bah ! — exclamó Berta — tu padre, no 
hay duda, es poco simpático. Tiene ordina- 
riamente la cara adusta, la mirada inquieta, 
dura, y cuando habla, parece que está eno- 
jado con todo el mundo. Pero si en tu padre 
hallas mal talante, no puedes quejarte de 
ninguno de cuantos te rodean. Verdadera- 
mente eres afortunada en medio de tu or- 
fandad. Sin ir más lejos, ahí tienes á Mar- 
garita, nuestra institutriz. Desde que éra- 
mos pequeñuelas y jugábamos en el jardín, 
ella te consagra todos sus cuidados más 
afectuosos. Le caíste en gracia. Si por acaso 
te hacías daño, ella corría afanosa á enjugar 
tus lágrimas, y entre besos y caricias, te 
brindaba las golosinas que para tí llevaba en 
sus bolsillos. En fin, Margarita siempre te 
ha querido preferentemente á nosotras. 

— Oh! No digas eso, Berta — repuso la 




DOS ROSAS Y UNA ADELFA 13 

bondadosa Matilde. — Nuestra institutriz nos 
quiere á todas del mismo modo. Si prodiga 
á Enriqueta más caricias que á nosotras, no 
debemos quejarnos, hermana mia; porque 
Enriqueta no tiene madre, y, en cambio, 
nosotras gozamos de ese supremo bien. 

Enriqueta estrechó las manos de Matilde 
con efusivas muestras de cariño, mientras 
Berta murmuró : 

— De todos modos, Margarita está inso- 
portable á veces. Debiera tener atenciones 
para con nosotras y no las tiene, sin embar- 
go; hasta sus ahorros los destina á obsequiar 
á Enriqueta. El otro dia, ¿no viste el pre- 
cioso cuello de encajes que trajo para ella ? 
Pues, ¿y cuando Enriqueta está enferma? 
La última vez que lo estuvo, nuestra insti- 
tutriz pasó junto á su lecho diez noches con- 
secutivas, sin dormir ni descansar, velán- 
dola siempre sin exhalar la más mínima 
queja! 

— Oh! qué buena es Margarita! Dios se 
lo pague! — exclamó Enriqueta enternecida 
— Pero tus quejas, querida Berta, no tienen 




14 DOS ROSAS Y UNA ADELFA 

razón de ser: tú no sabes, amiga mia, cuán 
triste y desconsolador es no tener madre ! La 
madre es nuestra mejor amiga, la confidente 
única de nuestras propias penas y alegrías ; 
ella vela nuestro sueño, nos arropa en el le- 
cho para que no sintamos frió, nos besa siem- 
pre con el alma en los labios ; se desvive por 
nuestro bienestar; la dolencia más insignifi- 
cante que nos aqueja, es suficiente motivo 
de sobresaltos mortales para ella ; por nos- 
otros renuncia al mundo y sus placeres; para 
ella no existen los espectáculos, los paseos, 
los bailes; las seducciones todas de la tierra 
están resumidas en la hija de sus entrañas ; 
su vida es el reflejo de su propia vida ; si la 
hija llora y sufre, la madre agoniza; y si por 
el contrario rie y se mira dichosa, ninguna 
felicidad iguala á la felicidad de la madre !. . . 
Ay ! yo no conocí la mia ! Pero he soñado 
con todas esas dulces inquietudes del cora- 
zón y todas esas ternuras íntimas del alma ! 

— Sí, tienes mucha razón, querida Enri- 
queta — exclamó Matilde, estrechando ca- 
riñosamente las manos de su amiga y besán- 




DOS ROSAS Y UNA ADELFA 15 

dola en las mejillas — Oh!. ... yo quisiera 
con mi cariño acallar en algo esa sed devo- 
radora de afectos íntimos, que despiertan en 
tu alma infinitos anhelos desconocidos ! 

— ¡Gracias, Matilde! Gracias te da mi 
corazón por tus consuelos bienhechores.. .. ! 

Berta escuchaba este diálogo con visibles 
muestras de enojo, y no pudiendo soportar 
por más tiempo aquella escena afectuosa, se 
levantó, abandonando sus labores, y huyó 
del aposento. 

Berta contaba un año más que Matilde y 
Enriqueta. Desde muy niña había dejado 
vislumbrar malos sentimientos, á pesar de 
su carácter disimulado y difícil de alterar, 
que encubría el fondo dañoso de su alma. 

Nunca la alegría agena pudo asociarse á 
su propia alegría: aquélla causábale daño; 
las virtudes , los méritos de los séres que la 
rodeaban , despertaban en su pecho olas tem- 
pestuosas de envidia ; sufría al ver gozar, y 
con mañosas artes trataba de destruir aque- 
llos goces valiéndose de añagazas, de secretas 
argucias, realizando á veces su propósito 




16 DOS 110SAS Y UH A ADELFA 

tras continuos afanes que le ahuj^entaban el 
sosiego. 

Extraña criatura! Diríase que aborrecía 
á todo el humano linaje. 

Vivía aislada; las amigas rehuían su pre- 
sencia, temerosas de sus malévolas maquina- 
ciones. En ella solo hallaban disentimiento 
en todo y ágrias censuras. Si le mostraban 
un adorno, ó un bordado cualquiera, al mo- 
mento encontraba Berta palabras de burlas 
hirientes, sarcástico elogio, ó mal disimulado 
despecho, por aquello que, por lo mismo de 
ser hermoso, merecía su repulsión. 

Tanto doña Marcela, como la jóven insti- 
tutriz, habían tratado de desterrar aquella 
simiente perniciosa, que labraba inevitable- 
mente la desventura de la niña. Pero, á 
medida que pasaba el tiempo, el mal iba 
creciendo de una manera asaz visible. 

Doña Marcela misma fué injusta para con 
Margarita; porque Berta pudo engañarla lo 
bastante para que diera asenso á sus men- 
tiras en daño de la educacionista, á quien 
aborrecía con todo el torrente de su voluntad, 




DOS ROSAS Y UNA ADELFA 17 

en razón de los favores que ésta dispensaba 
á Enriqueta. 

Pero el desagrado de doña Marcela no fué 
por entónces más adelante; conocía sobrada- 
mente el carácter respectivo de sus hijas, y 
sabía de memoria que Berta se encaminaba 
por sendero extraviado. Es por esto, que 
bien pronto depuso su enojo; pero no sin que 
antes sufriera la pobre Margarita los efectos 
de la malevolencia de Berta. 

Veamos ahora, para mayor conocimiento 
de nuestras lectoras, quien era Margarita, 
la buena institutriz de las hijas de doña Mar- 
cela, y cuáles eran los antecedentes de esta 
señora, que adoptára por hija á la angelical 
cuanto infortunada Enriqueta. 




II. 



DOÑA MARCELA Y MARGARITA. 

Doña Marcela era viuda. Su marido, 
capitán retirado, había muerto de resultas 
de una herida mal curada, cuando Berta 
contaba apenas dos años, y uno Matilde. 

A la muerte de su marido, doña Marcela, 
sin más patrimonio que la modesta pensión 
que el Gobierno le asignara por su viudedad, 
se retiró á vivir con sus hijas á uno de los 
pueblecitos limítrofes á Madrid. 

En estas circunstancias fué que don José 
Montero, padre de Enriqueta, la llevó á poder 
de doña Marcela, dieiéndola : que muerta la 
madre de la niña, y teniendo el que viajar 
constantemente, porque así lo requerían sus 
negocios, la suplicaba acojiese su hija bajo su 
amparo, para lo cual le señalaría modesta 




20 DOÑA MARCELA Y MARGARITA 

mensualidad para sufragar los gastos que 
Enriqueta ocasionara. 

Doña Marcela conocía de tiempo atrás á 
don José, pero hacía algunos años que no le 
veía é ignoraba que se hubiera casado. Nun- 
ca le había sido simpático. El carácter adus- 
to, levantisco, su aire receloso, ademanes y 
palabras siempre violentas, habían consegui- 
do que la buena señora, lejos de intimar con 
don José, tratase de evitar su contacto. 

Pero la presencia de la desdicha de la 
niña, tan encantadora como repulsivo era el 
padre, decidió á doña Marcela á aceptar la 
espinosa misión que se le confiaba. 

Poco tiempo llevaba doña Marcela de vivir 
en el pueblecito que había elegido para su 
retiro, cuando un acontecimiento inesperado 
vino á cambiar por completo la faz de aquella 
existencia sedentaria, monótona. 

Una mañana recibió doña Marcela un plie- 
go urgente del cónsul mejicano en Madrid, 
en el que le notificó que acababa de ser insti- 
tuida heredera universal de un tio, muerto 
en América. 




DOÑA MARCELA Y MARGARITA 



21 



La fortuna legada ascendía á quinientos 
mil duros. 

En seguida doña Marcela emprendió viaje 
hácia Madrid, en compañía de las niñas. Y 
una vez poseedora de la ingente suma que 
la magnanimidad del tio le había legado, se 
instaló en el segundo piso de una casa en la 
calle de Alcalá, pudiendo desde entónces 
vivir con sobradas comodidades, para lo cual 
eran bastante los siete ú ocho duros por 
ciento que le redituaba el capital, puesto á 
interés en establecimientos de crédito del 
Estado. 

Doña Marcela decoró y amuebló su vivien- 
da con las exigencias del buen gusto; dispu- 
so para las niñas alegres y confortables 
aposentos ; adornó con elegancia un salón - 
cito para recibir los amigos, sin olvidar un 
cuarto para el estudio, dotado de los mejores 
libros, ya antiguos, ya modernos. 

Aun podía doña Marcela aspirar á nuevas 
nupcias, pues solo contaba treinta y siete 
años y era bien parecida y de porte muy 
distinguido. Pero había amado á su difunto 




22 



DOÑA MARCELA Y MARGARITA 



esposo con toda la expansión de su alma 
joven, y fiel á las leyes del recuerdo y de la 
gratitud, propúsose consagrar su vida entera 
al cuidado de sus hijas, en quienes había 
refundido todos sus afectos y desvelos. 

No había trascurrido mucho tiempo en 
su nueva instalación, cuando Margarita 
Agrá-monte solicitó de doña Marcela ser ad- 
mitida en su casa en calidad de institutriz. 

A la sazón Margarita contaría veinte años 
á lo sumo. Era casi una niña, y muy her- 
mosa; pero su hermosura veíase velada por 
profunda tristeza. Su tez pálida había ad- 
quirido el tinte del marfil; sus cabellos eran 
muy negros, y sus ojos pardos, guarnecidos 
de luengas pestañas, tenían impresa la 
huella del sufrimiento no revelado, y cuando 
sonreía, su rostro tomaba la expresión carac- 
terística de la pena por largo tiempo com- 
primida en el pecho. 

Su estatura era mediana, y su persona 
toda estaba resvestida de bondad, de man- 
sedumbre, tan angelical, que interesaba en 




DOÑA MARCELA Y MARGARITA 23 

su favor desde el primer momento en que se 
la veía. 

Vestía siempre de negro, y aunque tra- 
taba de fingir animación, afectando alegría, 
vislumbrábase tras ese esfuerzo del espíritu 
y esa dolorosa ficción toda una existencia 
de lágrimas y de angustias ignoradas. 

Doña Marcela simpatizó desde luego con 
la juventud de Margarita. Y cuando ésta le 
dijo que era viuda, y que había tenido la 
inmensa desgracia de perder á su única 
hijita, y que, lejos de su pueblo natal, se 
veía sola y sin afecciones de ningún género, 
doña Marcela quedó sumamente admirada 
de que á tan poca edad discurriera por ésos 
mundos aquella pobre joven, habiendo sido 
ya esposa y madre, y luty peregrinaba, como 
el ave errante, en busca de asilo protector. 

La buena señora no vaciló en decirle : 

— Quédese V. conmigo, hija mia! Aunque 
es V. muy jóven para desempeñar la espi- 
nosa misión de institutriz, yo la acepto como 
tal para con mis hijas, porque aparte de sus 
aptitudes, que no discuto, me afecta su des- 




24 



DOÑA MARCELA Y MARGARITA 



gracia y me conmueve el abandono en que 
la deja la adversa suerte. Yo también soy 
viuda. Tengo dos niñas pequeñas, y otra de 
la misma edad, que he adoptado como hija, 
á ruegos de su propio padre. Será Y. la 
maestra de mis hijas, y en mí tendrá V. una 
amiga, una confidente á quien contar sus 
pesadumbres y sus alegrías. 

— Gracias, señora ! — balbuceó Margarita 
con trasportes de regocijo. Y la pobre jóven 
elevó al cielo una mirada llena de gratitud, 
preñada de lágrimas, mientras que un rayo 
de júbilo iluminó su semblante, trasformán- 
dole, como se trasforma el cielo de la no- 
che oscura, en esplendoroso azul, radiante 
de luces á los primeros albores de la mañana. 

Desde aquel instante, Margarita se pose- 
sionó de su puesto de institutriz. 

Repartía sus cuidados éntrelas tres niñas; 
pero Enriqueta captábase todas sus caricias. 
Después de la lección y labores cuotidianas, 
las discípulas bajaban al jardin bajo la vigi- 
lancia inmediata de su maestra. Matilde y 
Berta se entregaban á sus juegos infantiles, 




DOÑA MAIfClíLA Y MARGARITA 



25 



y era de ver cómo Enriqueta se pasaba ho- 
ras enteras en brazos de Margarita, que la 
festejaba con sus mimos y agasajos . 

— ¿Verdad que me quieres mucho? — so- 
lía preguntarle la institutriz, miéntras juga- 
ba con los sedosos cabellos de la niña. 

— Oh! sí, mucho, muchísimo! — repuso 
Enriqueta, asida al cuello de Margarita. 

Esta la oprimía cariñosamente contra su 
pecho, y cuando nadie la observaba, vertía 
abundoso llanto, miéntras estampaba ar- 
dientes besos en la frente pura de Enriqueta. 

— ¿ Por qué lloras? — le preguntaba entón- 
ces la niña, con el semblante entristecido y 
tratando de enjugar con sus manecitas el 
llanto que deslizábase por las mejillas de 
Margarita. 

— Ah ! . . . lloro . . . por que te quiero 
mucho ! — murmuraba — ¿ Y tú me quer- 
rás siempre? 

— Sí, toda mi vida! No llores más, 
que yo te querré como si fueras mi ma* 
drecita . 

Margarita se estremecía, y con mirada 




2n DOÑA MARCELA Y MARGARITA 

recelosa en tomo suyo, estrechaba más y 
más contra su seno á Enriqueta, excla- 
mando : 

— ; Criatura celestial! ... ¡Bendito sea 
Dios que me permite esta dulce, inefable 
dicha! 

La presencia de Matilde y Berta cortó 
este diálogo interesante, y la institutriz, re- 
poniéndose de su emoción, envió á jugar 
á Enriqueta, quien, aprovechando el per- 
miso, fuése como una exhalación ; pero sin 
tardar en volver, trayendo á su jóven 
maestra las más vistosas flores que adorna- 
ban el jardín. 

Así, uniformes, se deslizaban los dias, 
unos tras otros, sin alteración ni aconteci- 
mientos. 

Margarita trasmitía á sus educandas 
todos los conocimientos que poseía, los 
cuales, aunque no eran muchos, bastaban, 
sin embargo, para preparar lucidamente 
á las niñas. 

Margarita, hija única de honrados co- 
merciantes, había sido el encanto del hogar 




DOÑA MARCELA Y MARGARITA 27 

paterno. Sus padres se habían afanado por 
proporcionar á la jóven una educación 
esmerada, y aparte de los primores de la 
aguja, para los cuales Margarita tenía 
dedos de hada, había adquirido sólidos 
conocimientos entre los que sobresalía su 
amor por la historia universal y por las 
bellas artes. 

Pintaba con aprovechamiento, y conocía 
la música á la perfección. 

Estas condiciones recomendables la co- 
locaban en aptitud de poder educar á las 
hijas de doña Marcela, de perfecto acuerdo 
con los deseos por ésta manifestados. 

Doña Marcela no quería que sus hijas su- 
pieran más. Bastábales á su juicio lo que 
Margarita pudiera enseñarles. Tendrían 
conocimientos elementales, pero útiles; sa- 
brían gobernar su casa cuando se casáran; 
no serían bachilleras, pero tampoco igno- 
rantes. 

No serían vulgares, porque educados sus 
gustos, y bien dirijidos sus sentimientos y 
tendencias, llegarían á poseer el arte más 




28 DOÑA. MARCELA Y MARGARITA 

difícil de la vida: el de hacer grata la 
existencia para todos sacrificando los pro- 
pios gustos. Esto es: hacerse querer por 
medio de las bondades y de la indulgencia 
para con los demás. 

Pero estas esperanzas y estos anhelos de 
doña Marcela, si bien se vieron cumplidos 
en Matilde, no sucedió lo propio respecto de 
Berta, que, á medida que iba creciendo en 
edad, resaltaban más y más sus malos ins- 
tintos. 

. La influencia malévola del carácter de 
la niña, iba poco á poco sembrando la se- 
milla de la discordia, allí donde antes todo 
había sido paz y tranquilo bienestar. 

El cariño preferente de Margarita por 
Enriqueta fué motivo de constantes renci- 
llas y desavenencias. 

Doña Marcela, aunque bondadosa en el 
fondo, no podía permanecer sorda, como 
madre que era, á las quejas continuas de 
Berta, á pesar de conocer el carácter envi- 
dioso de su hija. 

— Mamá! — -exclamaba Berta, toda lio- 




DOÑA MARCELA Y MARGARITA 



29 



rosa — Caímos jugando en el jardín, Enri- 
queta y yo; la institutriz solo acudió en 
socorro de Enriqueta . . . como siempre ! 

— Pero, mamá, — repuso Matilde — ¿ha- 
bría podido Margarita acudir en auxilio de 
ambas á la vez ? 

— Oh! no la defiendas! — gritaba Berta 
con rabia — Al ver caer á Enriqueta, Mar- 
garita dió un grito, y pálida, temblorosa, 
corrió á ella, levantándola en brazos y 
preguntándola con afan si se había hecho 
daño, y si . . . 

— Bah ! — exclamó Matilde riendo — 
Cuando tanto te fijaste en lo que hacía 
Margarita, no estarías tú muy maltratada 
por la caída! Y Enriqueta lloraba. .. 

— Yo también . . . 

— Tú no . . . 

— Ea! Basta, basta! — interrumpió doña 
Marcela imponiéndoles silencio. 

Más tarde, mal preparado ya el ánimo 
de doña Marcela, decía á la jóven maestra: 

— Margarita! Le ruego tenga más con- 
sideraciones para con mis hijas ! 




30 DOÑA MARCELA Y MARGARITA 

— Señora! — balbuceó la pobre mujer, 
conteniendo las lágrimas, que, á reproche 
tan injusto, pugnaban por saltar de sus 
ojos. 

— Se quejan las niñas de que no teneis 
para con ellas deferencias. Bien compren- 
dereis que si tal cosa sucede, mi desagrado 
será profundo. Tratad de no ser injusta 
para con mis hijas. 

Doña Marcela se alejó de Margarita, de- 
jándola hondamente aflijida. 

— Berta! Berta! — murmuró siguiendo 
con la mirada á Doña Marcela — Cuánto me 
haces sufrir! Si tú conocieras los secretos 
de mi pecho ; ay ! quizá te movieran á com- 
pasión ! 

Matilde ! bella niña ¡ cuán diferente eres 
de tu hermana ! Mis caricias, mis afanes 
por Enriqueta, lejos de despertar en tu 
pecho el sentimiento mortificante de la 
envidia, te hacen sonreir, como sonríen los 
ángeles en el cielo ! 




II L 



DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN. 

En el piso bajo de la casa que ocupaba 
Doña Marcela, cuando fué á instalarse, había 
hecho preparar un hermoso jardín, planta- 
do de árboles frondosos, que proyectaban 
deliciosa sombra, con sus respectivas calles, 
glorietas y cenadores. 

Preciosas plantas ostentaban ramilletes 
de caprichosas y odoríferas flores, formando 
el más gracioso de los contrastes. 

Junto á la magestuosa magnolia, la ar- 
rogante rosa, la dalia encarnada, la blanca 
camelia, lucía sus matices la violeta pudo- 
rosa, la fresca margarita, los olorosos jaz- 
mines, la madre-selva, la nevada azucena 
y el modesto alelí. 




;32 DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 

Aquel conjunto de naturales bellezas, 
acariciadas por ambiente embriagador, 
unido á la quietud del paraje, atraian á 
Margarita, que ansiaba la soledad para 
consuelo de sus dolores secretos. 

¿ Qué pena laceraba el corazón de aque- 
lla mujer, dechado de virtudes y de bon- 
dades? 

¿ Cuál era la causa del íntimo dolor que 
minaba su existencia, haciéndole verter 
abundoso y continuo llanto ? 

Un misterio ! 

Su labio jamás exhaló una queja. Huia 
de las gentes para entregarse al llanto, 
aparentando ante todos una tranquilidad 
que estaba muy lejos de sentir. 

Solo cuando Enriqueta estaba á su lado, 
no trataba Margarita de ocultar sus lágri- 
mas . Y cuando aquélla le interrogaba por 
la causa de su dolor, la pobre mujer, ele- 
vando al cielo sus ojos suplicantes, murmu- 
raba al oido de la niña: 

— Enriqueta mia. . . ! No intentes saber 
el secreto motivo de mi quebranto ... Lo 




DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 33 

único que puedo revelarte ... es que estoy 
predestinada á llorar eternamente ! 

— Oh ! Margarita ! compartid conmigo 
vuestras penas. ¿No decís que me amais? 

— Ah! . . . Más que á mi vida . . . ! 

— No dudáis de mi cariño ? 

— Creo en vos como en mí misma ! 

— Gracias! Pero... Diosmio! ¿qué te- 
neis? Esa agitación. . . ! ¿Por qué me estre- 
cháis así contra vuestro pecho . . . ? ¡ Cómo 
late vuestro corazón ! . . . Margarita ! . . . 
Margarita ! . . . Serenaos, que me hacéis su- 
frir con vuestro dolor ! 

— ¡ Pobre niña . . . ! perdonadme ! . . . No 
os apartéis de mí . . . ¡ Ay ! tiemblo . . . ! Si 
él supiera ! . . . 

— Qué decís? De quién habíais, Mar- 
garita? 

— De nadie, hija mía ! Estoy loca . . . ! No 
sé lo que me digo . . . ! Dejadme . . . ! Dejad- 
me sola . . . ! Mas nó ; no os alejéis, que 
vuestra presencia es el único consuelo á 
mis penas . . . ¡Ay! 

Y Margarita abrazaba á Enriqueta, apar- 




34 DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 

tándose luego de ella para contemplarla 
arrobada. 

Enriqueta le sonreía, enjugaba sus lágri- 
mas, absaba sus cabellos, y luego, apoyan- 
do su cabeza en el pecho de Margarita, 
murmuraba dulcemente : 

— Dejadme hacer: quiero reposar mi 
frente en vuestro seno. ¡Qué bien me siento 
así ! Ah ! No sabéis Margarita cuántas gra- 
cias doy á Dios por el bien que me depara 
en vuestro cariño ! Hay un algo secreto, un 
impulso poderoso, que me arrastra hácia 
vos ; os amo, os respeto, sí, os quiero con 
todo el ahinco de mi alma . . . í No neguéis 
nunca vuestro afecto á esta pobre huérfana! 

Margarita, sollozando, cogía entre sus 
manos la cabeza graciosa de Enriqueta, 
cubriéndola de besos. Y así, una en los 
brazos de la otra, uniendo sus latidos y sus 
lágrimas, confundían sus penas, enlazando 
más y más el afecto de sus almas. 

En las horas largas de la noche, cuando 
Enriqueta, por cualquier motivo, no podía 
estar junto á Margarita, ésta se refugiaba 




DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 



85 



en lo mas sombrío del jardín para estar con 
sus dolores á solas. 

La luna se alzaba majestuosa en el firma- 
mento, y á través de las ramas de los árboles, 
enviaba sus melancólicos reflejos, bordando 
de penumbra y de pálida luz las silenciosas 
calles del jardín. 

La leve brisa movía suavemente el follaje 
oscuro, y del sene* de las flores adormecidas 
brotaban raudales de ondas perfumadas, 
que saturaban la atmósfera. 

Nada turbaba el silencio, á no ser el ar- 
rullo, que, de ^ez en cuando, dejábase oir, de 
las avecillas que anidaban en el ramaje som- 
brío, confundiendo la nota rítmica de sus 
amores con las armonías misteriosas de la 
noche. 

En medio de esa calma relativa, los acor- 
des de un piano vagaban por el jardín. Y la 
brisa, conductora de aquella música dulcí- 
sima, despertó á las flores, que mecidas blan- 
damente, exhalaron todas sus esencias. 

Margarita aspiró con delicia aquella aro- 
ma, y arrullada por aquellas melodías que 




36 DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 

iban debilitándose poco á poco, oprimióse el 
pecho con ámbas manos, murmurando: 

— Dios mió ! Cuánta belleza escondida 
tras el misterio de la noche . . . . ! Ay! tam- 
bién tiene encantos el dolor que guarda el 
alma en su santuario ! Sí, arrobamientos 
amargos, anhelos ignorados, que constituyen 
toda una existencia de sacrificios! .... 

; Cuán hermoso es sufrir por ella ! 

Dios mió ! Dios mió ! Dadme valor hasta el 
fin! Que, á costa de mi vida, pueda yo apar- 
tar de su cabeza inocente los peligros que la 
amenazan ! 

Margarita guardó silencio, y entregada á 
sus cavilosidades, pasaron horas tras horas. 
Las luces que brillaban en el balcón de la 
casa habían ido extinguiéndose poco á poco. 
Bien pronto cesaron todos los rumores, y la 
quietud reinó por doquier. 

Margarita abandonó su refugio, y lenta- 
mente se dirijió á su habitación. 

Cuando las niñas eran pequeñas, doña 
Marcela puso á la institutriz al lado de ellas, 
para que estuviesen mejor cuidadas. Hoy, á 




DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 



87 



pesar de que por su edad no necesitaban de 
esta tutela, las jóvenes, por cariñosa gra- 
titud hácia Margarita, quisieron que ésta 
permaneciese allí indefinidamente. 

Berta y Enriqueta yacían en profundo 
sueño. Matilde velaba en su lecho, sin que 
el cansancio aún la rindiera. Las jóvenes dor- 
mían en un mismo aposento, por disposición 
de doña Marcela. La institutriz tenía el suj^o 
contiguo al de aquellas. 

Los tres lechos, vestidos de blanco con flo- 
tantes colgaduras, se destacaban sobre el 
fondo oscuro del entapizado, como tres pa- 
lomas con sus alas desplegadas, cobijando 
sus tiernas avecillas. 

Por las maderas entreabiertas del balcón 
que caía al jardin, penetraba un rayo de 
luna, que iba á posarse sobre la cama de Ma- 
tilde, simulando la forma de una cinta de 
plata, tendida sobre nevado lecho de 
jazmines. 

De improviso, la habitación se iluminó dé- 
bilmente, y Margarita, cubierta con un pei- 




38 DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 

nador blanco, avanzó, llevando en la diestra 
una lamparilla. 

Caminaba cautelosamente, aunque era 
inútil esta precaución, pues la mullida al- 
fombra que cubría el pavimento, sofocaba el 
rumor de sus pisadas. 

La institutriz se detuvo, temerosa, en me- 
dio de la habitación; pero luego prosiguió 
hasta el lecho de Enriqueta; se inclinó sobre 
ella, y parecía escuchar. Contempló por bre- 
ves instantes á la jóven dormida, y, en se- 
guida, con iguales precauciones, se dispuso 
á salir del aposento. 

— Margarita . . . . — llamó en voz baja 
Matilde. 

Margarita se estremeció, deteniéndose 
sorprendida. 

Matilde volvió á articular su nombre, é 
incorporándose en el lecho, hízole señas de 
que se le acercara. 

La institutriz ocultó la lamparilla tras un 
mueble, para que la luz no molestase, y 
aproximándose á Matilde, murmuró: 




DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 39 

— Vine porque creí oir un quejido. ... y 
me pareció de Enriqueta 

— No . . . . ! Amiga mía, fui yo ... . 

- -Vos! ¿Qué teneis mi querida niña? 
¡Decid ! 

— Nada, si se quiere; un lijero malestar 
de cabeza; pero ya casi no lo siento ; sentaos 
á mi lado. ¿Queréis que hablemos? Estoy 
desvelada. Si no os molesto, me acompaña- 
reis un rato . 

— Molestarme ! Oh, no ! Bien sabéis cuánto 
placer experimento en seros útil. 

— Siempre lo sois, mi buena Margarita. 
Vuestra presencia nos es tan necesaria, pol- 
lo mismo que sois tan bondadosa y tan com- 
placiente ! 

— Oh! No dice lo mismo vuestra hermana 
Berta .... 

— Berta! Dispensadla. Es más bien des- 
graciada que culpable. 

— Ya lo sé! ¡Pobre niña! Pero temo que 
vuestra mamá dé completo crédito á lo que 
ella diga . . . y . . . 




40 DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 

— No temáis: mamá la conoce perfecta- 
mente. 

— Sí. pero ya sabéis que doña Marcela me 
ha amonestado, más de una vez, desagra- 
dada por los díceres de Berta. 

— Dispensadla á mamá también ! Y te- 
ned vos paciencia, mi querida Margarita ! 
No sabéis cuánto me apena veros sufrir. Con- 
tinuamente hablamos de vos con Enriqueta, 
y entre las dos no sabemos de qué medio 
valernos para borrar de vuestra alma los su- 
frimientos que os martirizan .... 

— Con vuestro amor! — interrumpió Mar- 
garita hondamente conmovida, é inclinán- 
dose para besar la frente de Matilde — Bás- 
tame el afecto vuestro y el de Enriqueta 
para suavizar mis males, ya que es imposi- 
ble combatirlos. Ah ! 

— Y ahora que hablamos de Enriqueta, 
voy á deciros una cosa, que sin duda des- 
pertará vuestro interes. 

— Decid! — exclamó Margarita con vi- 
sible inquietud. 

— Pues sí. Habéis de saber que hay un 




DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 



41 



jóven que parece estar enamorado de nues- 
tra Enriqueta .... 

— Un jóven! — repitió Margarita estre- 
meciéndose. 

— Sí, y lo más gracioso del caso, es que 
ella parece ignorarlo. 

— Ah ! ya lo pensaba yo así. 

— ¿Por qué? 

— Porque Enriqueta nada me oculta. 
Tiene un alma de ángel, y su corazón es para 
mí un libro abierto en el que puedo leer 
hasta el pensamiento mas recóndito. Y nada 
me ha hecho entrever que su pecho se halle 
agitado por nuevas y desconocidas sensa- 
ciones. 

— Pues ya os lo dirá en cuanto se aper- 
ciba, y esto no tardará ; pues ayer he visto 
á ese jóven delante de los balcones de casa, 
con un ramito de flores en la mano. No hay 
duda de que busca la ocasión de poderlo 
hacer llegar á Enriqueta. 

— Dios mió ! Esta revelación me llena de 
sobresaltos ! ¿ Quién será ese pretendiente ? 




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DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 



¿ Amará á Enriqueta? ¿Será digno de su 
amor ? Ah ! . . . . 

— No os aflijáis! Velaremos por ella. Dios 
nos ayudará en esta misión, ya que al des- 
tino plugo pri var á la pobre niña de los ha- 
lagos maternales, careciendo hasta del 
afecto del hombre que se llama su padre . . . 

¡ Que alcance al ménos la suerte de hallar 
un esposo que compense todas sus desven- 
turas ! 

— Matilde . . . ! Bendita seas ! — murmuró 
Margarita, estrechando con ardor las manos 
de la jó ven. 

— Escuchad : — prosiguió esta con sen- 
cillez — Nada he querido decir á Enriqueta, 
pensando consultaros antes á vos, que tanto 
cariño é interes os despierta nuestra querida 
hermana adoptiva. Noté la persecución de, 
ese jó ven hace cinco dias, al salir del templo 
el próximo domingo pasado. Por su aspecto, 
el desconocido se hace simpático; tiene ga- 
llarda presencia ; es rubio, no muy acen- 
tuado ; la fisonomía es noble, llena de dis- 
tinción; viste modesta y elegantemente. 




DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 43 

Pero . . . ah ! Ahora recuerdo que ayer por la 
tarde le vi pasar con una mujer . . . 

— Con una mujer? — interrumpió Mar- 
garita, aproximándose mas á Matilde, para 
no perder ni una sola de sus palabras. 

— Sí; con una mujer, de aspecto venera- 
ble, de cabellos blancos v de rostro atra- 
yente. El conducíala del brazo, y le hablaba 
con marcadas muestras de cariño. Casi no 
cabe duda de que aquella señora sea su pro- 
pia madre ; basta pienso que hay parecido 
entre su rostro, } r a marchito por la edad, y 
el de su apuesto acompañante, lleno de fres- 
cura y de juventud. 

Aunque este diálogo producíase en voz 
baja, el cuchicheo despertó á Berta. 

— ¿Qué sucede? — preguntó esta con 
malhumorado acento — i Vaya una hora de 
charlar! ¿A qué habéis venido, Margarita? 

— Oyó que me quejaba— se apresuró á 
contestar Matilde — y ha venido á ver si ne- 
cesitaba de sus cuidados. 

— Ya! No me han de dejar dormir en 
paz! . , . ¿ Y qué tienes? Alguna tontera. 




44 DOS ALMAS QUE SE COMPRENDEN 

— Me dolía la cabeza, pero se me va pa- 
sando ya el malestar. 

Berta se arrebujó en su lecho, y, murmu- 
rando sigilosamente, guardó luego silencio. 

La conversación era ya de todo punto 
imposible. 

Margarita arropó con solicitud cariñosa á 
Matilde, y depositando un beso en su frente, 
le recomendó que descansara. La jóven si- 
guió con mirada aíectuosa á la institutriz, 
miéntras ésta, cojiendo de nuevo su lampa- 
rilla, abandonó el aposento, no sin antes di- 
rijir sus ojos, con amorosa expresión, hácia 
el lecho de Enriqueta, la que dormia apaci- 
blemente, agena á la dicha de que por su 
frente había rozado sus purísimas alas el 
ángel de su guarda. 




IV. 



ALBERTO. 

En la misma calle de Alcalá, á poca 
distancia déla morada de doña Marcela, en 
el tercer piso de una modesta casa, vivía 
doña Ana de Soldevilla, con su hijo Alberto, 
jóven de 24 años de edad. 

Doña Ana, hija de un coronel, que había 
servido en la Guardia Civil — honrosa insti- 
tución, creada en 1844 por la eficiente ini- 
ciativa del General Narvaez — había que- 
dado huérfana de padre á los veinte años. 
Perdió la autora de sus dias cuando aún re- 
posaba en la cuna de su infancia. Y por 
estas razones dolorosas, viéndose sola al es- 
pirar su padre, acojióse al amparo de una 
tia, que la recibió en su casa con los brazos 
abiertos; porque ella iba á ser el rayo 




46 



ALBERTO 



benéfico de luz que reanimara su hasta 
entónces lóbrega y solitaria vivienda. 

Poco tardó Ana en casarse. Era her- 
mosa, buena, y modelo de virtudes. Sus 
cualidades morales cautivaron á un joven, 
pintor de mérito, y el matrimonio se realizó 
con gran satisfacción de la tia, que adoraba 
á la bella Anita, como s i fuese su propia hija. 

Pasaron muchos años sin que los jóvenes 
esposos vislumbráran la realidad de la espe- 
ranza de ser padres. Eran felices, se amaban 
en extremo ; pero un hijo habría sido para 
ellos el colmo de la humana dicha, y ansiosos 
de que brotára esta codiciada flor en el pensil 
de sus amores, no echaban de ver que el 
tiempo iba imprimiendo en sus cabezas la 
huella indeleble de los años. 

Guando ménos lo esperaban, doña Ana 
comunicó á su esposo que el ensueño de 
tanto tiempo se encaminaba á su realidad. 
Bosquejar la alegría de aquellos dos séres 
tan íntimamente unidos, es más que difícil: 
imposible. 

Alberto vino al mundo en medio de him- 




ALBERTO 



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nos de alabanzas al Eterno. Aquel niño — 
pensaban sus buenos padres — sería su sosten 
en el ocaso de su vida, la sonrisa de sus 
últimos dias, el complemento, en fin, de una 
felicidad sin sombras. 

Pero quiso el cielo, cuando Alberto con- 
taba ya tres años, llevarse para siempre al 
padre y esposo modelo. 

Este rudo embate sumergió á doña Ana 
en un dolor sin nombre, mudo ó infinito. 
Con la separación eterna del amante compa- 
ñero de su vida, para aquella pobre mujer, 
la existencia perdió todos sus atractivos, sus 
matices, sus alegrías todas. 

Desde aquel instante fatal, doña Ana lo 
vió todo de colores tétricos y sombríos. Para 
ella, la naturaleza entera vestía de luto, y 
con el último acento de su esposo idolatrado, 
habíanse extinguido todas las armonías de 
la tierra. 

Pero ¡Qué fuera del alma desolada, si 

la bondad inagotable del Sér Supremo no 
descendiese hasta ella, convertida en bál- 
samo consolador! 




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ALBERTO 



Tornó sus dolientes ojos hácia el peque - 
ñuelo Alberto, y en su cándida sonrisa, en 
su mirada inocente, la pobre mujer vió re- 
flejados todos los lenitivos de su amargura. 
La nobleza del padre, aquella dignidad, 
aquella expresión imborrable de afectos 
grandes y elevados, hallábanse trasmitidos 
en la frente pura del hijo. 

Doña Ana volvió á la vida. Pero si bien 
pronto halló dulces consuelos para su alma 
en el amor de su hijo, no pudo desterrar 
nunca de su pecho la intensa melancolía 
que le acompañó hasta el sepulcro, como re- 
cuerdo imperecedero de su esposo ejemplar. 

Consagrada dia y noche al hijo de sus 
entrañas, viole crecer, lleno de virtudes y de 
méritos. 

Como su padre, dedicóse Alberto á la pin- 
tura, y halló fuentes de verdadera inspira- 
ción, por lo que su nombre comenzó á ser re- 
petido, y sus trabajos buscados con empeño. 
Existian, en fin, sobrados motivos para creer 
que, andando el tiempo, fuese todo un pintor 
de raza. 




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Los triunfos del hijo, reflejábanse en la 
frente de su santa madre, cual inmortales 
destellos de gloria. 

Estos dos séres, tan íntimamente vincu- 
lados, trasmitian á la habitación en que mo- 
raban, toda la poesía y toda la belleza de 
sus almas puras y candorosas. 

El cuarto del jóven pintor era grande, 
cuadrado; tenía una ventana que daba al 
medio dia. Frente á aquélla había una 
puerta, que comunicaba con las piezas inte- 
riores, y al otro extremo veíase otra, que 
daba paso al terrado. 

Las paredes estaban decoradas con mag- 
níficos cuadros; entre estos algunos eran 
pinturas de Alberto; otros eran obras del 
ingenio de artistas de fama, que servíanle 
de modelos. 

En un ángulo de la habitación, habia un 
armario lleno de libros; en el centro una 
mesa, cubierta con un tapete verde, y en- 
cima se veían desparramados y en gracioso 
desórden, papeles, libros, dibujos, lápices, 
etc., etc. 




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Junto á la ventana, colocábase el ca- 
ballete donde Alberto trabajaba; próximo á 
éste, una pequeña mesa, conteniendo un vaso 
con flores, y algunos pinceles diseminados. 
Más allá un divan de dibujos y colores vivos, 
y después, sin órden ni concierto, la sillería 
aquí y acullá desparramada, y casi todos 
los asientos ocupados por dibujos diferentes, 
diseños y mil otros útiles, que atestiguaban 
la existencia de un artista, entregado á la 
labor asidua, y con la imaginación errante, 
como tornátil mariposa de mil variados ma- 
tices, que revolotea por entre las flores. 

Algunas macetas puestas en el alféizar 
de la ventana, ostentan frescas y olorosas 
plantas, luciendo entre ellas el aromático 
sándalo, que, en algunas provincias de Es- 
paña, para la gente sencilla, es símbolo de 
constancia entre los enamorados. 

La mano solícita de doña Ana, se adivi- 
naba en todos aquellos minuciosos detalles, 
los cuales daban al reducido taller del jóven 
pintor, un aspecto de frescura y de vida se- 
ductora. 




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El sol derramaba todos sus fulgores por 
la entreabierta ventana, y una que otra rá- 
faga suave y tibia penetraba á la habitación, 
llegando hasta la mesa y agitando débil- 
mente el tapete que la cubría, como asi- 
mismo los papeles que sobre ella veíanse 
esparcidos. 

Doña Ana, sentada en un extremo del 
divan, tejía una labor; el ovillo habíase es- 
capado de sus faldas, cayendo al pavimento; 
un gatito negro jugaba con el hilo, enre- 
dándole entre sus patitas, y devanándolo 
cada vez más y más, sin que su dueña echara 
de ver el trastorno que le ocasionaba. 

En la puerta que daba paso al terrado, 
abierta de par en par, veíase pendiente de su 
centro una jaula chiquita, pintada de verde, 
en donde piaba y revoloteaba un precioso 
canario, que, de vez en cuando, llenaba la 
habitación con sus gorgeos, ora suaves, ora 
agudos y penetrantes. 

El gatito suspendía á veces su juego con 
el ovillo, para dirigir golosas miradas al te- 
norcillo alado, y más de una vez quedóse 




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suspenso contemplando al pajarillo, colocán- 
dose en actitud de acechanza, muy cómoda- 
mente sentado sobre sus patitas traseras. 

Alberto trabajaba con ahinco sobre el 
lienzo del caballete, dando término á un 
cuadro que se le había encomendado. Éste 
representaba una casa de campo á las már- 
genes de un lago caudaloso; en éste veíanse 
blancos cisnes, proyectando graciosa armo- 
nía sobre el fondo azul de las aguas; entre 
el verde follaje percibíanse algunos pasean- 
tes, unos en abandono sobre el mullido cés- 
ped, otros asidos del brazo, ó disponiéndose 
á penetrar en un botecillo, amarrado junto 
á la ribera. 

El conjunto del cuadro que bosquejamos, 
así como todos sus más pequeños detalles, 
eran de un colorido y una frescura tan deli- 
ciosa que, al contemplarle, parecía aspirarse 
el perfumado ambiente de aquel paraje, per- 
cibiéndose hasta el cadencioso murmurio de 
las aguas, el lejano cantar de las aves, el su- 
surro de la brisa por entre las hojas de los 
árboles y el cuchicheo de la sabrosa plática 




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de las enamoradas parejas, que discurrían 
de aquí para allá. 

Era Alberto de figura esbelta, arrogante ; 
sus modales y el conjunto todo de su perso- 
na, estaban llenos de gallardía y distinción. 
La frente alta y revestida de nobleza ; la ca- 
beza naturalmente artística ; los cabellos de 
hermoso color castaño claro; sus ojos, casi 
negros; la boca fresca y sonriente, y som- 
breado el lábio superior por un fino bigote, 
que daba á su rostro, de rasgos verdadera- 
mente varoniles, marcado sello de virilidad. 
La sonrisa era franca, ingénua, la mirada 
expresiva y dulce; y cuando hablaba, el tim- 
bre de su voz era sonoro y simpático. 

Jamás sentimiento airado alguno inmu- 
taba su frente noble y serena, ni cambiaba 
ia inflexión acariciadora de su palabra. Por- 
que era de carácter blando, indulgente para 
todos, sin dejar de ser enérgico en ocasiones 
dadas ; dispuesto siempre á la bondad, por- 
que había aprendido desde la cuna esta en- 
señanza de su buena madre: “Hijo mió! El 
mundo es una amalgama de bienes y de 




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males, que se precipita en forma de corriente 
vertiginosa, y ¡ ay de tí ! si pretendieras opo- 
nerte á ella ! Tu vida será fácil y sonrien- 
te, si te inclinas á perdonar las injurias de 
ese mundo, sin proferir reproches. Adivi- 
na los dolores agenos, para derramar en 
los pechos lacerados el bálsamo que los miti- 
gue. Halaga siempre los buenos instintos y 
los gustos de todos cuantos te rodeen, sin 
alentar jamás en tu pecho el pernicioso sen- 
timiento de la envidia, el orgullo, la murmu- 
ración y los arrebatos de la ira. No pretendas 
nunca ser el mentor de nadie; porque no 
hay nada que encone más á los espíritus re- 
beldes, dados á los desenfrenos del mal ca- 
rácter, que recibir consejos que no se han 
pedido, aunque en ellos persigas el más santo 
de los objetivos. Tu propia bondad, tu tole- 
rancia, tu indulgencia, á manos llenas, pro- 
ducirán más beneficios que cuantos consejos 
pudieras imaginar. Sí, hijo mió ! La hiel 
que, en sentir de los demás, destila nuestra 
palabra, impide que alcancemos bien algu- 
no sobre la tierra. Antes por el contrario, 




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agrandaríamos más y más los instintos ma- 
los, por la natural rebeldía que el hombre 
opone á todo lo que no sea halagar sus ten- 
dencias y aficiones naturales ó adquiridas. 

Bondad, mucha bondad, Alberto mió; 
que la dura disciplina forma tan solo escla- 
vos; y el esclavo, solo rencores anida en el 
alma. Deja que todos sean libres en sus gus- 
tos y aficiones. No mortifiques el amor pro- 
pio de nadie, que el ejemplo de tus méritos 
fructificará como semilla buena desparra- 
mada al azar en campo fértil. u 

Estos consejos, dictaminados por el amor 
materno, fueron echando hondas raíces en 
el corazón de Alberto, y constituyeron su 
carácter para el porvenir. 

Cuando llegó á la edad de las pasiones 
tumultuosas, en que se revelan hasta los más 
recónditos sentimientos del alma, Alberto 
vióse rodeado de amigos, que, ufanos, bus- 
caban su sociedad y su trato por escuchar 
su palabra ilustrada y persuasiva, ora viril, 
llena de fuego, ora tiernamente apasionada, 




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con todas las modulaciones suaves de la ló- 
gica y del cariño. 

; Bien merecidamente recogía doña Ana 
el fruto de sus vigilias y desvelos 1 

El plácido rostro de la anciana demostra- 
ba toda la ventura inefable que atesoraba 
su pecho. 

Su frente noble, arrugada por la mano 
implacable del tiempo; sus nevados cabellos, 
coronando una cabeza aun erguida, á des- 
pecho de su avanzada edad ; la tez marchita, 
pero acusando los rasgos de una belleza no 
extinguida todavía; su sonrisa, esa sonrisa 
peculiar de las madres, que lleva algo en sí 
de celestial, algo de divino, en su expresión 
insinuante, y que, en el movible giro de su 
boca, parece reflejarse todo un poema de 
amores, de martirios y de abnegados sufri- 
mientos, que constituyen el sello caracterís- 
tico de una existencia inmortal, la expresión 
genuina de las almas elegidas del Cielo. 

Alberto, afanoso de su trabajo, no echaba 
de ver que doña Ana le observaba á cada 
instante. Suspendiendo su labor, la buena 




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madre fijaba sus ojos en su hijo, y un muy 
acentuado signo de inquietud pintábase en 
su semblante bondadoso. 

Miéntras tanto, el gatito seguia su obra 
destruyante, y el canario continuaba poblan- 
do la estancia con los écos armónicos de sus 
gorgeos. 

De vez en cuando, Alberto se levantaba 
de su asiento, y apartábase para observar á 
la distancia el efecto de perspectiva de su 
cuadro. Entónces decubríase toda la gallar- 
día de su persona, á pesar de vestir con ro- 
pas inferiores, propias para su arte. Su 
traje de labor, lo componían un pantalón co- 
lor pizarra, algo ajustado, una blusa de hilo 
más clara, pero del mismo color, y una gra- 
ciosa gorra. 

Doña Ana vestía siempre de negro, y en 
su traje, de un corte severo, pero elegante, 
no llevaba nunca el más ligero atavío. Uni- 
camente adornaba el pecho, cerrando su 
cuerpo ajustado, un prendedor de oro, en 
cuyo centro veíase el retrato de su inolvi- 
dable esposo. 




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Doña Ana abandonó por fin su labor, y 
aproximándose á su hijo, que había vuelto 
á ocupar su asiento frente al caballete, ro- 
deó con su brazo el cuello del artista, excla- 
mando : 

— Y bien, querido Alberto, ¿me dirás la 
causa de tu distracción ? 

— Mi distracción, madre mia . . . . ? 

— Sí. Hace algunos dias que te sorprendo 
pensativo. Muchas veces, cuando de impro- 
viso te he dirigido la palabra, te has estre- 
mecido, hijo mió, cual si mi voz te hubiera 
arrancado de profundísima abstracción. ¿En 
qué piensas, Alberto? ¿Por qué tan triste 
tórnase tu carácter, siempre igualmente ex- 
pansivo ? Habla ! Cuéntaselo todo, absoluta- 
mente todo, á tu madre, que te ama entra- 
ñablemente. 

— Madre de mi alma! ¿ A tí, á tí, que eres 
la luz purísima de mis ojos, esquivarte las 
expansiones íntimas, las confidencias de mi 
pecho. . . ? Nó, nó, y mil veces nó! — excla- 
mó Alberto, abandonando sus pinceles. 

Y conduciendo amorosamente á su madre 




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al diván, la suplicó que se sentara de nuevo, 
y sin desasirse de sus manos queridas, opri- 
miéndolas efusivamente contra su pecho, 
besándola en la frente, y sentándose junto 
á la autora de sus dias, exclamó: 

— Madre mia!. ... Si tú supieras cuán 
hermosa es ella, y cuánta bondad trasluce 
su mirada pura y serena ! 

— Ella ! — respondió doña Ana, sonrién- 
dose — Tú me hablas, hijo mió, como si yo 
estuviera ya al cabo de que hay una tercera 
persona en escena! Vamos! sé metódico en 
la exposición de tus pensamientos. 

— Oh ! tú lo has adivinado ; mé lo dicen 
tu indulgente mirada y tu sonrisa de ángel. 
Ah ! No me riñas, por Dios ! que si nada te 
dije antes de ahora, fué . . . porque yo mismo 
ignoraba el nuevo sentimiento que habíase 
despertado en el santuario de mi alma . . . . ! 

— ¡ Mi pobre Alberto ! — murmuró la ma- 
dre, atrayendo junto á sí al hijo querido — 
Amas ya ! Bien ! Ojalá ei cielo te depare 
una mujer que sepa comprender todos los te- 
soros de tu bella alma de artista! 




60 



ALBERTO 



— Escúchame, madre mia! La vi en el 
templo. Sus lábios se movian modulando 
una oración, y su mirada, rebosando candi- 
dez, fijábase en la Madre de los Cielos. De 
pronto, yo, que la contemplaba con amoroso 
ahinco, vi deslizarse de sus ojos dos lágrimas 
puras, cristalinas, qne rodaron silenciosas 
por sus mejillas, yendo á depositarse en su 
seno virginal ! Ah ! . . . . 

— Prosigue, hijo mió, prosigue: te escu- 
cho con profundo interés. Di! 

— Después. . . Madre mia!. . . Después. . 
¡No sé qué decirte! Fué algo muy grande, 
extremadamente grande, lo que pasó por 
mi alma . . . Desde ese instante, no vi más 
que ella; la seguí, al abandonar el tem- 
plo, y la vi, en unión de las señoras que la 
acompañaban, penetrar en una casa de her- 
mosa apariencia, poco distante de nuestra 
morada .... y . . . . 

— Pero esa ella. . . . ¿Ignora tu repenti- 
no amor? 

— Por espacio de algunas semanas, que, 
irresistiblemente pasaba muchas veces al dia 




ALBERTO 



61 



por bajo sus balcones, sin darme cuenta cla- 
ra de lo que hacía, no alcancé la dicha de 
verla; pero, hace pocos dias, mi alma, más 
que mis ojos, la adivinó tras los cristales del 
balcón. Estaba sola, al parecer. Mi corazón 
palpitaba con fuerza. Quedóme indeciso; no 
sabía qué hacer. Por último, cobré ánimo, y 
adelantándome hasta colocarme muy cerca 
de su casa, la saludé respetuoso, y, deposi- 
tando un beso en las flores que tú me dieras 
esa mañana, se las arrojé al balcón. 

Un subido carmín asomó á su rostro de 
ángel, y, ruborosa, dió un paso hacia atrás; 
mas luego, quizá la expresión de mis ojos 
llenos de respetuoso cariño hácia ella, in- 
fundióle confianza, y tuve la suerte, madre 
mía, de que contestára á mi saludo con otro 
no ménos expresivo, y en seguida desapare- 
ció toda turbada, sin duda, medrosa de mi 
osadía inesperada. 

— Y . . . sábes algo respecto de ella, de si 
es buena, y si 

— Oh ! Permíteme que te interrumpa, ma- 
dre de mí alma ! Todo lo sé! He podido ave- 




62 



ALBERTO 



riguar lo que vas á oir: Que se llama En- 
riqueta ; que es huérfana de madre, y que 
está en la casa de doña Marcela Soriano, en 
calidad de hija adoptiva ó pupila; que el pa- 
dre, que viaja constantemente, solo ve á la 
hija muy de tarde en tarde, y, en fin, madre 
mia, sé positivamente que Enriqueta reúne 
en sí todos los méritos y virtudes que tú 
puedas apetecer para la elegida de tu hijo! 

— ¡ Cuán feliz me hacen tus palabras, Al- 
berto mió ! Pues bien : ya que tan digna de 
tí es Enriqueta, puedo abrigar la esperanza 
de que tu bienestar, que es para mí más caro 
que mi propia vida, llegará á su colmo cuan- 
do esa buena y gentil criatura me dé el tí- 
tulo de madre. 

— Sí, madre mia! No lo dudes. Enri- 
queta no es de esas mujeres que despiertan 
caprichos, más ó ménos persistentes. Hay 
tanta pureza en su rostro, tanto candor en 
su angélica mirada, belleza tanta en toda su 
persona, que solo puede inspirar pasiones 
nobles, afectos íntimos; de esos afectos que 




ALBERTO 63 

se arraigan en el alma, profundos, grandes, 
y que solo acaban con la existencia ! 

— Sí! Te comprendo, hijo mió ! Enriqueta 
es de la pasta de que debieran ser todas las 
esposas. En ella hay bondad inagotable, ta- 
lento claro, y corazón sensible. ¿ No es así, 
Alberto mió? ¿La pinto tal cual es, á tu 
gusto? 

— ¡Lo has adivinado ! 

— Bien. Ahora es menester que no pierdas 
el tiempo en platónicas excursiones en torno 
de su balcón. Aproxímate á ella por los me- 
dios conducentes que aconseja el honor á 
todo hombre de bien, como tú. 

— Me haré presentar por uno de mis ami- 
gos, que frecuenta su casa. 

— Sí! Nada mejor. Y desde el momento 
en que penetres en su hogar, tan respetado 
para tí, no guardes en el silencio los impul- 
sos amorosos de tu alma para con las perso- 
nas que custodian á Enriqueta. Franca y 
confidencialmente díles cuáles son tus in- 
tenciones . . . que lo demás . . lo demás cor- 
re de mi cuenta propia. 




64 



ALBERTO 



— i Cómo, madre mia! ¿Qué intenta tu 
cariño ? 

— Deseo que resplandezca sobre tu frente 
de artista la doble aureola de la gloria y del 
amor. Y también quiero, Alberto mió, que, 
en el sagrario de nuestros más caros afectos, 
brille pura esa estrella, que ha de guiarte 
por el sendero de la cumbre, iluminando á 
la vez el camino de mi vida, que ya va ha- 
cia su ocaso ! 

— Oh! ; Cuán buena eres! Bendita seas, 
madre del alma mia! 

Y Alberto aprisionó entre sus manos la 
cabeza de su santa madre, é imprimiendo 
en ella los más ardientes besos del amor 
filial, cayó de hinojos á sus piés, bañado el 
rostro por el llanto purísimo de su júbilo. 




¡POBRE margajita! 



— ¡Querida Margarita! Venid, venid al 
jardin. Allí hablaremos con más libertad. 

— ¡Matilde, mi buena niña! Hace un mo- 
mento que os buscaba. Ya sabéis que 

— ¡ Silencio ! . . . Venid conmigo. 

Y enlazando su brazo al de la institutriz, 
ámbas se alejaron, internándose por entre 
las calles del jardin. 

— Sentémonos aquí, bajo la grata sombra 
que proyecta este limonero — propuso Mar- 
garita. 

— Como queráis — añadió Matilde. 

— Y bien. . . . 

— Ya sabréis la novedad que hay. . . . 

— ¿ Qué ocurre, hijamia? 

— Pues, la próxima llegada del padre 
de Enriqueta. . . . 




66 ¡pobre margarita! 

— ¡La...! 

— ¡ Dios mió! . . . Margarita ! Margarita! . . 
Ay! ... ¿Os ponéis mala? 

Una súbita y mortal palidez cubrió las 
facciones de la institutriz, y, temblando 
convulsivamente, cayó hácia atrás, dando 
con la cabeza en el duro tronco del li- 
monero. 

Matilde, asustada, sacudió el brazo de 
Margarita, y, llamándola con los más cari- 
ñosos dictados, trataba de hacerla volver 
en sí. 

— Voy á llamar, y os conduciremos á 
vuestro lecho. . . . 

— ¡Nó! ... nó ! . . . 

— Pero, ¿qué teneis, mi buena amiga? 

— ¡ Nada ! . . . Ya se me va pasando 

Estoy tan nerviosa de poco tiempo á esta 
parte!... Dispensadme ! Os he asustado, 
querida Matilde! 

— Sí, un poco Pero volvamos á la 

casa. Os haré un té, y 

— Nó. Gracias! Quedaos. Yo os lo su- 
plico! ¿No veis que ya todo pasó? 




¡ POBRE MARGARITA ! 6 7 

— Bien. Pero estáis muy pálida. ¿Habéis 
sufrido otras veces igual congoja? 

— ¡Sí! . . . No. . . ! Es decir: notan fuerte. . . 
Pero, no os inquietéis ! No ha sido más que 
un simple ataque de nervios — Bah ! — con- 
tinuó Margarita, tratando de sonreír para 
tranquilizar á Matilde — Ataque de ner- 
vios lo tienen muchas mujeres. Bien po- 
dría decirse que es una enfermedad de 
moda! 

Las palabras de Margarita contrastaban 
con la expresión de su rostro ; pero Matilde 
quiso darse por convencida, y no insistió, 
viendo que asi complacía á su amiga. 

— Y bien Vos hablábais, cuando yo 

me indispuse Decíais que. . . . 

— Sí, que pronto llegará el padre de 
Enriqueta. 

— Y creeis 

— Que acude al llamado de mamá. 

— > ¡Cómo! ¿Vuestra madre le solicita? 

— Sí. Ya sabéis que hace dos meses que 
frecuenta nuestra casa Alberto de Soldé- 
villa. Vos, mejor que nadie, no ignoráis lo 




68 ¡pobre margarita! 

que pasa; pues Enriqueta, que os ama con 
ternura, ha de haberos confiado todo 

— Pero nada me dijo de que su padre 
habría de venir. 

— La pobre Enriqueta ! Oh! Es que teme 
hablar de su padre! Le infunde este tal tur- 
bación en el ánimo, que su presencia, lejos 
de serle grata, le impresiona dolorosamente. 
Pues, bien. Como os decia: ya sabéis que 
Alberto ama á Enriqueta. Se lo manifestó á 
mamá desde el mismo momento en que vi- 
sitó nuestra casa. Y recordareis que pocos 
dias después, la venerable madre del jóven 
pintor, hizo á mamá una visita, con objeto 
de pedir para su hijo la mano de nuestra 
amada Enriqueta. 

— Sí. Y vuestra madre contestó, que, 
aunque ella velaba por Enriqueta y la tenía 
en su casa como hija adoptiva, no ejercía, 
sin embargo, sobre ella suficiente autoridad 
como para disponer de su destino, y que, 
por consiguiente, consultaría al padre de la 
niña, y 

— Justo. Entonces fue que mamá es- 




¡ POBRE MARGARITA ! 6 9 

cribió á D. José Montero, diciéndole que el 
jóven que amaba á su hija, le creía digno de 
ella, y que obraría cuerdamente en acep- 
tarlo por yerno, labrando asila felicidad de 
Enriqueta. 

D. José contestó secamente que vendría. 

Y aquí teneis por qué estamos espe- 
rándole. 

La pobre Enriqueta no sabe lo que le 

pasa Pero vedla. Se acerca. ¡ Qué triste 

viene ! Pobrecilla ! . . . Adiós! Os dejo asólas. 
Tratad de prodigarle todos vuestros solícitos 
consuelos. 

— ¡Noble niña! — murmuró Margarita, 
siguiendo con la mirada á Matilde, que, li- 
gera, se alejó en dirección á la casa. 

— Margarita ! — exclamó Enriqueta, de- 
teniéndose á corta distancia de la institutriz 
y mirándole con marcadas señales de cariño 
y de tristeza profunda. 

— Enriqueta ! hija mia! . . . Acercaos! — 
repuso Margarita, tendiéndole los brazos en 
actitud suplicante. 

La jóven se precipitó en ellos, y ocul- 




70 



¡POBRE MARGARITA ! 



tando su rostro en el seno de su amiga r 
prorrumpió en amargo lloro. 

— ¡Calmaos, Enriqueta querida ! Ved que 
quizá vuestro dolor no tenga razón de ser. 
¿No amais y sois amada? Entónces, ¿ qué 
es lo que turba la placidez de vuestra 
ventura? 

— ¡Ay, amiga del alma! Vos también 
lloráis. . . ! Y es, porque adivináis el martirio 
que destroza mi alma, precisamente en los 
momentos en que más feliz debiera con- 
siderarme ! 

— Enriqueta ! 

— Margarita! Ay ! ¡ por qué plugo al cielo 
arrebatarme mi madre idolatrada ! 

— Enriqueta. . . ! Enriqueta. . . ! Por Dios! 

— ¡Ah! Perdonadme! No sé lo que me 
digo.... ¡Dios mió! Apiádate de mí!... 
Pero no os aflijáis, Margarita; no lloréis! 
No sé por qué. . . . ¡ pero vuestro llanto llega 
hasta mi alma! 

Margarita sollozaba convulsivamente, y 
oprimía contra su pecho la cabeza de Enri- 




¡ pobre margarita! 71 

queta, humedeciéndola con el rocío de sus 
lágrimas. 

— Vuestro padre — murmuró la insti- 
tutriz, serenándose por un esfuerzo supre- 
mo — no se negará á la realización de vues- 
tra dicha. 

— Ah ! Margarita ! Tiemblo ! Un secreto 
presentimiento me anuncia que he de ser 
muy desgraciada ! Mi padre. ... no consen- 
tirá, no. Oh! me lo dice el corazón que jamás 
me ha engañado. Y yo, yo que amo tanto á 
Alberto. . . ! Porque es muy bueno. No podéis 
figuraros cuánta nobleza y cuánto amor hay 
en su genei’osa alma de artista. ¿Y su ma- 
dre? Si vierais qué bondadosa es y cuánto 
me quiere! Se me figura que la querré 
como á mi propia madre . . . ! Pero no lloréis 
más, Margarita querida ! Me hacéis daño ! 

— Ah ! Enriqueta ! ¡ Cómo no queréis que 
llore, si al casaros ya no os veré 

más. . . . 

— Qué decís! ¡Vos, vos separaros de mi 
lado! Qué locura! Vendréis á vivir con nos- 




72 ¡pobre margarita! 

otros, si es que se realiza sueño tan 
seductor. 

— Imposible, absolutamente imposible ! 

— ¿Por qué? Pensáis dejarme? Queréis 
abandonará vuestra Enriqueta, á vuestra 
pobre Enriqueta, que ha recibido de vos los 
halagos de una legítima madre? Queréis 
anublar el cielo de mi ventura, negándome 
el calor de vuestro íntimo afecto? . . . 

— ¡Oh! No, no! Pero no echareis de mé- 
nos mi cariño. El amor de vuestro esposo, 
las nuevas imágenes que os rodearán 

— No prosigáis, que podéis herirme muy 
hondamente, si habíais en ese tono. ¡ Ay ! . . . 
Es porque no sabéis cuánto amor y cuánta 
gratitud atesora mi alma para vos ! 

— Dios mió ! Dios mió ! Tened compasión 
de mí! Enriqueta! Enriqueta! Iré á veros 
siempre. Pero me es imposible, de todo 
punto imposible. ... Os lo juro! No puedo ir 
á vivir con vos! 

— Ah!... ¿Por qué. Dios mió, por qué ? 

— Queréis saberlo? 

— Sí! Ah! Sí! 




¡ POBRE margarita! 73 

— Pues, bien. Porque hay en mi vida 
un misterio, que no me es dado reve- 
lároslo. 

Porque arrastro en mi existencia una 
pesada cadena, de la que no sé librarme. 

Porque. . . Dios mió ! . . . Porque si inten- 
tara romper ese yugo que me oprime, que 
me ahoga, labraría, no tan solo mi propia 
desdicha, si que también la desgracia de 
un sér por el cual sacrificaría hasta la úl- 
tima gota de mi sangre ! 

— Oh ! ¿ Existe un sér que tanto amais ? 
Dónde está, donde? 

— ¡Callaos! callaos por misericordia! 

— Confiaos á mí, Margarita! ¿Qué te- 
méis ? ¿ Creeis que no sabré guardar vuestro 
secreto? Mi pecho será un sepulcro para 
vuestras confidencias. Y seremos dos á 
llorar, porque vuestras penas serán también 
mis propias penas ! 

— Imposible. ¡ Ah ! Imposible ! 

— Oh ! Extrañas son vuestras palabras ! — 
murmuró Enriqueta en tono resentido — 
Decís que me amais, y luego os pesa con- 




74 ¡porre margarita! 

fiarme los secretos de vuestra alma ! ¿ Los 
tengo yo acaso para con vos? 

— Querida niña ! — balbuceó Margarita, 
imprimiendo un beso en la frente de la 
jóven — traed vuestra mano, y no la apartéis 
de aquí. . . . ¿ Qué sentís, Enriqueta ? 

— Vuestro corazón que late apresurada- 
mente, como si quisiera escaparse del pecho 
que lo aprisiona. 

— Oh! ¿Sentís sus latidos? Pues cada 
pulsación es un dolor para mi alma, para el 
alma de vuestra amiga. Todos mis secretos, 
todos mis pensamientos íntimos, los conocéis 

vos, amada niña ; pero hay uno que no 

me pertenece, uno que me aniquila, que me 
mata, y que no puedo arrancarle de mi 
pecho ! 

— Cuánto martirio! Y no poderla con- 
solar, Dios mió ! Pero vos, Margarita, me 
hablásteis de un sér, al que amais con el 
alma entera. Quizá algún amor contra- 
riado ¿Teneis parientes, amiga mia? 

Nunca me habéis hablado de vuestra 
familia ! 




¡ POBRE MARGARITA ! 7 5 

— ¡No. . .! no tengo á nadie en el mundo ! 

— Oh! mi buena Margarita! Parece que 
mi conversación os aflije. No os diré nada 
más. Si bien habría querido haceros una 
pregunta 

— ¡Hacedla, hija mia. . . ! 

— Pues bien. Ahora que estoy próxima á 
contraer matrimonio, ¿ por qué no os casais 
vos también? 

— ¡ Cómo ! ¿ Qué decís ? 

— Sí, amiga mia ! Uniéndoos á un hombre 
de bien con el dulce lazo del matrimonio, 
quizá césen nuestros dolores; tendréis un 
brazo fuerte que os defienda. ¡ Debe ser tan 
grato atravesar el camino de la vida ampa- 
rada por un esposo tierno, noble é inte- 
ligente ! 

— ¡Ay!. .. 

— Margarita! Margarita! ¡Perdonadme, 
si os lie hecho mal, ambicionando para vos 
dicha igual á la que me aguarda. 

Margarita había cerrado los ojos, y opri- 
miéndose el pecho con ámbas manos, sacudió 
la cabeza cual si quisiera ahuyentar algún 




76 ¡pobre margarita! 

pensamiento que la abrumara. Y luego, 
reponiéndose súbitamente, cogió las manos 
de Enriqueta y estrechándolas efusivamente, 
repuso : 

— No; nada me han hecho vuestras pa- 
labras. Antes por el contrario, me place 
oiros hablar así. Pero, hija mía! — continuó 
la institutriz, dando cierta jovialidad á su 
acento, hasta entónces entristecido, — al 
hablarme de matrimonio, por lo visto, no os 
habréis fijado bien en mí. ¿He de pensar en 
casarme á mi edad ? 

— ¡Sois jóven todavía, mi querida amiga! 

— ¿No veis mis cabellos ya encanecidos, 
mi tez ya marchita, y mis. . . 

— ¡Callad! Sois hermosa, sí, muy hermosa! 

— Vedme bien, querida mía! miradme 
con ojos desapasionados. 

Y Margarita, sin abandonar la sonrisa que 
había llamado en su auxilio, para desorien- 
tar á Enriqueta de sus melancólicos pensa- 
mientos. al hablar así, habíase puesto de 
pié, como invitando á la jóven á que se 
convenciera de su error. 




¡POBRE MARGARITA! 



77 



Contaba Margarita, á la sazón, treinta y 
seis años. Sus secretos dolores no habían 
logrado marchitar su tez; pero sí habían im- 
preso en su rostro marcadísimas huellas de 
profunda tristeza. 

En sus cabellos brillaban ya muchas 
canas, cual otras tantas hebras de plata. 
Sus ojos eran hermosos, y cuando miraban 
parecían ir divulgando sus pesadumbres: 
¡tanto decían aquellos ojos, agrandados por 
el dolor y sombreados de un tinte claro- 
oscuro, que los hacía mas simpáticos aún ! 
Y su boca era fresca; pero habíase trocado 
en rosa suave el color que antes era encar- 
nado clavel; y sus lábios, finos y movibles, 
habíanse acostumbrado á sonreír, pero con 
una de esas sonrisas tristes, como las últi- 
mas tintas de la tarde, que acarician el cáliz 
mústio de la flor que se deshoja. 

Margarita vestía siempre de negro ; y la 
blancura mate de su tez aumentábase á 
favor de lo sombrío de su traje. 

Así, erguida, en presencia de Enriqueta, 
aparentando jovialidad, que estaba muy 




78 



¡POBRE MARGARITA! 



lejos de sentir, con la cabeza graciosamente 
inclinada hácia su hombro izquierdo, los 
cabellos suspendidos, afectando la forma de 
rizada banda al rededor de su frente, Mar- 
garita ofrecía el cuadro de una pristina 
belleza. 

Enriqueta, complacida por la disposición 
de ánimo de su amiga, mirábala alegre y 
sonriente, y propúsose aprovechar momento 
tan oportuno para inclinar su voluntad en 
pró de los proyectos casamenteros, que ella 
forjábase en su mente á favor de Margarita. 

— Persisto en lo dicho — exclamó la jó- 
ven, viendo que la institutriz volvía á sen- 
tarse á su lado. — Vuestro casamiento sería, 
á mi juicio, el término de vuestros 

Pero callóse repentinamente, compren- 
diendo que toda aquella festiva escena había 
sido tan solo para halagarla, pues Marga- 
rita habíase puesto pálida al escuchar sus 
palabras insistentes sobre un mismo punto. 

— Si queréis, hablaremos de vos, hija 
mia, de vuestra suerte veleidosa tan pró- 
xima á cimentarse — repuso Margarita. 




¡ POBRE MARGARITA ! 7 9 

con estudiada indiferencia por lo que á ella 
concernía. 

— Para hablar de mí tendría que volver 
á suplicaros que os vengáis conmigo cuando 
yo cambie de estado : este es mi constante 
pensamiento. Y vuestra negativa, creedlo, 
me hace sufrir inconsolablemente ! 

— Ya hablaremos, hija mía . . . ! 

— ¡ Cómo ! ¡ Qué dicha! ¿Accederéis á mis 
ruegos, querida Margarita ? 

— Algún dia ¡ Dios lo quiera ! sabréis los 
motivos que me impiden vivir cerca de vos. 

— ¡Cómo! ¿cerca de mí? Pues qué, ¿sin 
saberlo jo existe un algo que nos separa? 
Explicaos por favor, si no queréis que enlo- 
quezca de pesadumbre ! 

— No, Enriqueta ! Me habéis comprendido 
mal. Nada existe .... entre ámbas ¿Qué afi- 
nidad podrían tener vuestro destino, y mi 
destino ? Os conocí de pequeña, en esta casa, 
y os amé como á hija propia ! Yo estaba 
sola en el mundo. No veía en torno mío 
más que soledades, aislamientos, indiferen- 
cias . . . ! Y por esto, Enriqueta, al veros, al 




80 ¡pobre margarita! 

contemplaros junto á mí, tan amorosa.. . 
tan bella, tan lena de encantos, os quise con 
toda mi alma, con la vida toda .... ¡ Ah ! . . . 
Pero, Dios mió . . . ! Cómo no la he de amar 
sí Pero ¿ qué me estoy diciendo? . . . ¡En- 

riqueta ! Enriqueta . . . ! 

— ¡Margarita! Seguid, seguid hablando, 
que vuestras palabras me hacen muy feliz .... 
Pero no me miréis de ese modo, que me 

causáis dolor. Mas ¿ Por qué lloráis ? . . . 

¡ Cielo santo ! ¿Por qué sufre esta mujer, tan 
buena y tan digna de ser amada ? . . . 

— ¡Perdonadme, Enriqueta! No puedo con- 
tinuar en este sentido. Sufro mucho! Al 
hablaros de mi cariño, al veros, al mirarme 

junto á vos tengo que llorar siempre. . . ! 

¡Novéis, hija mia, que habiendo hallado en 
vos la única luz de mi esperanza muerta, 

tengo forzosamente que sufrir porque 

vos no podéis amarme como yo deseára ! . . . 

— ¿ Qué no os puedo amar como vos an- 
heláis? Por qué no? Quién podrá estorbár- 
melo? 

— ¡No me entendéis! no!... Quiero deci- 




¡POBRE MARGARITA! 



81 



ros En fin, quizá os parezca exigente ; 

pero, de igual manera que os amo como á 
una hija propia, desearía que me quisiérais.... 

como á vuestra propia madre Y ya 

veis ! . . . Es imposible. Soy tan solo vuestra 

amiga Y luego esa otra mujer, la 

madre del que va á ser vuestro esposo, ten- 
drá derechos que yo no puedo invocar, ni 

ménos disputarle La querréis más que 

á mí, es evidente, y yo. . . yo ¡ay!.. aj T ! 

Enriqueta rodeó el cuello de la institutriz 
con tierno abrazo, y, besándole los encane- 
cidos cabellos, murmuró : 

— ¡ Nadie ! ¿ Entendéis? Nadie tendrá más 
derecho que vos á mi cariño. ¿Pues qué? 
¿ Quién, sinó vos, ha velado junto ámi lecho 
de niña y de mujer ? ¿ Quién ha custodiado 
mis sueños, y me ha besado dormida, y en 
las noches heladas de invierno lláme abri- 
gado con sus propias ropas ? Quién ha per- 
dido el sosiego cuando la pena, ó la enfer- 
medad, ha hecho su presa en mí? ¡Decid! 
¿Quién selia interesado tanto por esta pobre 
huérfana? ¿Y quién ha comprendido mejor 




82 ¡pobre margarita! 

mi sentimientos íntimos, mis propias aflic- 
ciones y mis secretas tristezas ? ¡Nadie más 
que vos ! Vos, que me amásteis como á una 
hija ; vos, que refundisteis en mí todos vues- 
tros afectos y vuestras alegrías ! 

| Vos, sí, vos sola, mereceis que os ame co- 
mo á mi propia madre! 

Antes de concluir Enriqueta su sentida 
plática, Margarita la estrechaba ya entre 
sus brazos, murmurando: 

— ¡ Dios te premie todo el bien que aca- 
bas de hacerme ! 

— Oh! habladme así ¡ No empleeis el tra- 
tamiento que habéis usado hasta hoy ; por- 
que .... 

— Es necesario, hija mia ! ¿ Qué pensaría 
Doña Marcela? 

— Y bien! En su presencia hacedlo; pero, 
cuando á solas estemos, habladme siem- 
pre como ahora, de tú, con igual franque- 
za. Paréceme que así me queréis más. 

— Oh! Yo también lo anhelo. ¡Cuánta 
gratitud te debe mi alma, hija mia! Verme 




¡ POBRE MARGARITA ! 83 

así, querida por tí, es la justa compensación 
de todos mis dolores! 

— Escuchad! Mañana se espera á papá. 
Vos lo sabéis. Tan solo cinco ó seis veces le 
he visto en mi vida. Es hombre tan origi- 
nal. . . En fin, vos le vereis. A mí ... no sé 
por qué su presencia me infunde terror. 
Vos no le conocéis. Siempre que él ha ve- 
nido habéis estado ausente. Pero ahora le 
vereis. 

— No! . . No le veré . . . ¿Para qué, hija 
mia? Mi asistencia no es necesaria en un 
acto puramente de familia, que tendrá lu- 
gar con motivo de la petición de tu mano. 

¿Y por qué has de tenerle terror á tu pa- 
dre? ¿Te ha hecho daño alguna vez? 

— Oh! siempre que ha podido! 

— ¡Insensato! Le reconozco! — murmuró 
Margarita por lo bajo. 

— Eh! ¿qué decis? 

— Nada . . ! nada . . . ! ¿ Dices que te ha 
mortificado? Cuéntame, Enriqueta, cuénta- 
melo todo ! Te lo ruego ! 

— Sí ! En las pocas veces que le he visto, 




84 ¡pobre margarita! 

siempre decíame cosas que me hacían su- 
frir. 

—Di! 

— Cuando, por ejemplo, mostrábale al- 
guna de mis labores — doña Marcela me 
inducía á ello — invariablemente contesta- 
ba: “ — Bah! Valientes tonterías! Sedas, flo- 
res y cintas. Si te habrás creído tú que vas 
á ser duquesa ! “ 

— “ Señor ! — decíale doña Marcela — Su 
hija de V. hace lo propio que hacen mis ni- 
ñas. Su educación en nada difiere de la de 
ellas. Y á más, Enriqueta tiene especial 
gusto en hacer esas labores primorosas. 

— “Es mi voluntad la que se ha de hacer, 
no la de ella — repuso airado mi padre — 
No quiero yo que gaste el tiempo en simple- 
zas. Y esta chiquilla, por lo que se ve, se ha 
creído que en su vida no ha de hacer otra 
cosa, sinó .... 

— “Papá — díjele yo, temblando, al ver 
fija en mi su mirada severa, que causaba 
espanto — Yo haré lo que tú ordenes. 

— “ Si, si — contestó él, tomando brusca- 




¡ pobre margarita! 85 

mente su sombrero. — A mí no me engañan 
tus aparentes humildades. Pero ten enten- 
dido, ¿ lo oyes ? ten entendido, que yo haré 
de tí lo que mejor me plazca. Mis deseos, 
son leyes ! Y ; ay ! de tí si intentáras deso- 
bedecer mis mandatos! Entónces. . . ! 

Y al llegar aquí su ágria amonestación 
se ausentó de la sala sin saludar á doña 
Marcela, ni despedirse de mí. Y no volvió 
más, hasta pasados tres años! 

— Sí. . . . Ya concibo todo eso . . ! ¿ Y no 
escribe nunca? 

— Sí, lacónicamente, avisa á doña Mar- 
cela cuando cambia de residencia. 

— ¡ Tarde, ó temprano, la justicia de Dios 
endereza las injusticias de los hombres! 

— Lo decis por mi desgracia, sin duda. 
Ahora comprendereis si tengo motivos para 
presentir mi desdicha con la llegada del 
autor de mis dias. Como que parece que to- 
do lo que á mi me agrada, á él le disgusta. 
Y es por esto, amiga mia, que nunca os he 
hablado de él. ¿Para qué, si había de afligi- 




86 ¡pobre margarita! 

ros contándoos su mal comportamiento para 
commigo? 

— Pobre niña! Cuál será tu culpa, para 
que así el rigor de la suerte se cebe en ti y 
te robe todos los halagos de la existencia ! 

— Pero, Dios es infinitamente bueno. En 
medio de mi desventura, os tengo á vos, y. . . 
á mi querido Alberto! ¡Ay! Si mi padre nie- 
ga su consentimiento para mis bodas, yo me 
moriré, Margarita, porque mi dolor será su- 
perior á mis fuerzas! 

— No hables de morir, hija mia ! Espera, 
confiada en la Divina Providencia. Puede 
ser que el corazón de tu padre, á favor del 
encanto de tu palabra, sufra una transfor- 
mación, y . . . . 

— Oh! Cuán difícil es todo eso! Y luego... 
no es esa sola la única desventura que me 
intimida. 

— ¿Temes otra desgracia, Enriqueta que- 
rida? 

— Si — repuso la jó ven, mirando recelo- 
samente á todos lados, y, bajando la voz, 
continuó: — ¿Conocéis á Eenato Morgan? 




¡ POBRE margarita! 87 

— ¿No es el jóven conde, amigo de vues- 
tro prometido, precisamente el mismo que le 
presentó en esta casa ? 

— Si, el conde, Renato Morgan, que 
miente amistad á mi Alberto, y engaña á 
Berta con falaces promesas de amor. 

— Oh! ¡Ese lenguaje en ti! . . . Razón 
tendrás para hablar de esa suerte. 

— Renato me persigue y pretende ena llo- 
rarme .... 

— ¡ Dios mió ! 

— Ya veis cuánta traición ! Él se titula 
amigo de Alberto. Y no ignoráis que corteja 
abiertamente á Berta. 

— Doña Marcela no es gustosa de seme- 
jante amor. 

— Pero, Berta le ama. 

— Oh! El uno para el otro. Renato va en 
busca de la seducción, y Berta ambiciona 
la corona condal. Pero, ¿ese hombre ha 
tenido la audacia y el atrevimiento de insi- 
nuaros abiertamente sus intenciones ? 

— Sí, y aun más. Con sus pérfidas pre- 
tensiones, rechazadas por mí con horror, 




88 ¡ POBRE MARGARITA ! 

ha logrado que Berta me mire con más re- 
celos y más prevención que nunca. Y yo, 
inocente, y Alberto mas inocente aun, su- 
friremos las consecuencias de sus enconos. 
Con sus secretos manejos ha conseguido ya 
que doña Marcela mire con malos ojos á mi 
prometido. ;Sabe Dios cuántas calumnias 
habrá divulgado ya esa mujer! 

— Dios mió ! Dios mió ! . . . 

— Y lo que más temo, amiga mia, es que 
Alberto llegue á descubrir las intenciones 
de su falso amigo. ; Ah ! Si llega á produ- 
cirse un choque entre ámbos. . . ! Cielo 
santo ! Me anonada el terror cuando me 
asalta esta idea! 

— Descuida. Alberto es bastante prudente 
para no ocasionarte un nuevo dolor. Y á 
más : ¿ Acaso merece el conde otra cosa que 
el desprecio ? 

— Oh ! Qué indigno proceder el de ese 
hombre ! Y yo sin tener un brazo fuerte 
que me defienda! Porque es de mi deber 
hacer todo lo posible para que Alberto no 
descubra los torpes manejos del conde. 




¡POBRE margarita! 89 

— Sí ! Es necesario evitar cualquier lance 
de tristes consecuencias. 

— Ah! Yo tiemblo! 

— Valor, hija mia, valor! 

En aquel instante, al extremo de una de 
las calles del jardin, las dos amigas vieron 
aparecer repentinamente la figura de una 
mujer, que se aproximaba con cautela. 

Era Berta. 

Desde el momento en que descubrió á 
Enriqueta y á Margarita, una sonrisa ma- 
ligna vagó por sus labios, y, aparentando 
profunda indiferencia, se acercó excla- 
mando : 

— Calle ! Milagro sería no encontraros 
juntas ! 

— Los que bien se quieren, se buscan' 
siempre mútuamente — repuso Margarita, 
sonriendo en calma. 

— Ya! para contarse sus cuitas. ¿No 
es esto ? 

— Pues. Las confidencias del alma son 
siempre interesantes entre los que verdade- 
ramente se aman. 




90 ¡POBRE MARGARITA ! 

— No lo niego. Y Enriqueta mucho ha de 
tener que contaros. Ya se ve. Próxima á 
contraer matrimonio. ... es decir : si el papá 
le otorga su beneplácito. 

Enriqueta inclinó su hermosa cabeza so- 
bre el pecho, y un hondo suspiro se escapó de 
su oprimido corazón. 

Margarita reprimió un movimiento de 
indignación, adivinando la idea malévola 
que aquellas palabras entrañaban. 

Berta, gozándose en el dolor que veía re- 
flejado en el rostro de Enriqueta, continuó : 

— Y lo peor será que el papá no se conten- 
te solo con la negativa. A buen seguro 
que determina llevarse la pobre novia ! 

— Lo cual sentiréis mucho vos! — ex- 
clamó Margarita, sin poder contener su 
enojo. 

— Tened la lengua, señora institu- 

triz! — repuso Berta con marcada ironía é 
irguiéndola cabeza con altivez. 

— Yed que martirizáis á Enriqueta! — 
agregó Margarita, sofocada por la pena. 

— ¿ Y á vos qué os importa ? Olvidáis que 




¡ POBRE MARGARITA! 



91 



estoy en mi casa, y que vos no sois más que 
una asalariada ! 

— ¡ Berta ! 

— Oh ! Por Dios ! — exclamó Enriqueta, 
juntando las manos. 

Berta dirigió á ésta una larga mirada de 
burlona conmiseración, y volviéndose á 
Margarita, que lloraba en silencio el vejámen 
recibido, continuó con insolente tono : 

— ¡ Guardaos, señora Margarita ! No tar- 
dará mucho el momento en que os haga 
comprender cuál es vuestro verdadero lugar. 
Y entónces sabréis que aquí, en esta casa, 
estáis de más ! 

Y dichas estas palabras, volviendo las 
espaldas á las dos atribuladas amigas, se 
alejó, riendo burlonamente y murmurando 
frases ininteligibles. 

Enriqueta y Margarita abrazáronse es- 
trechamente, y así, en silencio, lloraron 
largo tiempo. 

Su llanto era el prólogo del drama que 
más tarde había de desarrollarse. 




VI. 



FRUTOS AMARGOS. 



Renato Morgan, conde de Vila, era hijo 
único. Contaba, á la sazón, treinta años, y 
habia quedado huérfano á los veinticinco. 

A la muerte de su padre, Renato había 
naturalmente heredado título y fortuna; 
quedando por lo tanto en aptitud de poder 
disfrutar de los placeres mundanos con todo 
el desenfreno de que era capaz. 

Lanzado en la pendiente resbaladiza de 
las liviandades, sus pasiones no reconocían 
valla. Nada se oponía á sus menores capri- 
chos, y era su prurito, su más glorioso ga- 
lardón, ir tras las mujeres de más severa 
virtud, y luego contar á sus amigos, entre 




94 



FRUTOS AMARGOS 



risas y burlas sangrientas, los pretendidos 
triunfos de sus aventuras escandalosas. 

Bien se guardaba Renato de referir sus 
derrotas amorosas. Le irritaba hallar una 
mujer, que, á pesar de amarle, resistiese sus 
seducciones. Para él era esto inconcebible. 
El, que solo buscaba la materia, ¿podría 
darse cuenta de las nobles sensaciones del 
espíritu? 

El grosero realismo y su séquito de torpes 
placeres, habian agostado en el alma del 
nuevo conde todo sentimiento levantado, to- 
da idea generosa y delicada. 

| Cuántos infelices gemían en el abandono, 
mientras el conde, olvidado de sus víctimas, 
corría en pos de nuevos goces ! 

Marchitar una flor, cuyo perfume le em- 
briagara un dia, ¿ qué significaba para él, 
acostumbrado, como lo estaba, á cambiar 
deleite por deleite? 

Era menester renovar aquellos fugaces 
placeres, por otros más vivos, y más in- 
tensos : sentir en sus venas correr el fuego 
del deseo impúdico, saciar sus apetitos 




FRÚTOS AMAROOS 



95 



desenfrenados, retorcerse en las ánsias del 

libertinaje, arrastrarse, y luego, morder, 

como muerde la víbora, que, traidora, salta 
de la tierra en que se arrastra para dar 
muerte con el veneno que destila su empon- 
zoñada lengua ! 

| Inocentes palomas, perseguidas por fiero 
gavilán ! 

Fijaba sus ojos en el hogar tranquilo y 
virtuoso, allí donde la incauta niña vivia 
ignorada, agena á las perfidias del mundo y 
sus negras acechanzas. 

Aquel tierno corazón, que aun no habia 
palpitado á impulsos del amor, siéntese dul 
cemente estremecido al escuchar las miste- 
riosas palabras que desliza á su oído el pér- 
fido galanteador. Y poco á poco, aquella 
alma sencilla y buena, se deja cautivar por 
los halagos que tan feliz le hicieran. 

La niña ama ya. Y por lo tanto, no des- 
confia. Ve en el objeto de su cariño, reunidas 
todas las perfecciones de la tierra. ¿ Dudar 
de su amado, de ese sér que tanto la quiere, 
por quien ella se desvive, y en quien piensa 




96 



FRUTOS AMARGOS 



á todas horas? | Qué locura! El no la enga- 
ñará. No. Será su esposo. Así se lo ha pro- 
metido, entre juramentos mil. 

La madre, que adora á su hija, ve con los 
ojos del alma el peligro que la rodea. Y la 
llama á sí. Y sin herir sus santas creencias, 
sin descorrer el blanco velo de sus ilusio- 
nes, le habla con sincero acento; la recuerda 
que ella custodia la invalorable prenda de 
su virtud; le hace ver cuán feliz es con su 
inocencia; y luego, cuéntale con pena las 
desdichas que traen consigo las amarguras 
de la conciencia. 

Y habíale de la santa paz del hogar: del 
amor infinito de la madre por la hija desús 
entrañas; de su ardiente anhelo por verla 
feliz, digna y considerada ; habíale de su 
agonía, de su muerte, si la viera caer en 
las enmarañadas redes del dolor. Y pín- 
tale con mágicos colores, la suprema dicha 
de la mujer buena y virtuosa, de la que 
siempre puede llevar la frente levantada, 
para que en ella se reflejen sus acrisoladas 
virtudes. El respeto del esposo, el amor 




FRUTOS AMARGOS 



97 



acendrado de los hijos, el aprecio de las 
gentes — He ahí la ventura que jamas 
alcanza la mujer que se ofende á sí misma, 
olvidando guardar el purísimo perfume de 
su inocencia inmaculada. 

La niña oye estos acentos, como presa- 
gios que vienen dé los cielos. Esconde, 
avara, en su alma, la esencia purísima de 
esas palabras. Y á solas, piensa en la dicha 

que le espera, y sueña con el sueño de 

su virginal candor. 

Mas luego, sus oídos se abren nuevamente 
para escuchar á su enamorado. ¡Qué bien se 
produce ! ¡ Cómo le conmueven sus protes- 
tas de amor! Sí, sí! Cuál la apacible co- 
rriente de cristalino lago, que se desliza en 
blando murmurio, así ella, plegada al que 
ya considera esposo suyo, irá en pos de él, en 
confiado abandono, sin temer los peligros 
de que está erizada la senda de la vida, por- 
que para ella no existen, porque él la de- 
fenderá de todo riesgo. 

Entonces el seductor, contando con el 
triunfo de la perfidia sobre la indefensa vir- 




98 



FRUTOS AMARGOS 



tud, redobla sus ternezas. Y la niña, con- 
fiada, cual si reposase en el regazo de su 
amorosa madre, se entrega al infame per. 
juro, que, sediento, bebe hasta la última gota 
del cáliz de aquella deliciosa flor, que destila 

miel ;Ali! si! sabrosa miel, que muy 

luego ha de trocarse en veneno activo para 
la inocente víctima! 

¡Adiós, cándidos ensueños de ventura! . . . 
Doradas esperanzas, convertidas en girones 

del corazón ¡ adiós ! ¡ plácido lago, tras- 

formado en amargo mar de borrascoso le- 
cho ! ¡ Delicioso pensil, que trocóse en seco 
y árido arenal. . . ! Ah ! 

Y la niña, trasformada en mujer, tras 
breves instantes, ve, horrorizada, desvane- 
cerse sus doradas ilusiones. 

Aquel, que tan rendido mostróse hasta 
obtener sus favores, trócase en déspota. Y 
si ayer suplicó de hinojos, hoy se alza alta- 
nero, y vuelve la espalda á los ruegos y á 
las lágrimas de la mísera, que no supo re- 
sistirle, y que sucumbió cual temprana rosa, 
arrebatada al tallo que le diera vida ! 




FRUTOS AMARGOS 



99 



Renato Morgan habíase educado en la 
escuela de la disipación. Sembrada en su 
espíritu la semilla de las malas pasiones, 
habíase arraigado, sin que mano alguna 
compasiva se cuidara de arrancar aquella 
viciada planta, que amenazaba secar las 
flores de los ya escasos sentimientos buenos 
que le quedaban. 

Cúpole por mala suerte una madre que de 
todo se preocupaba ménos de cumplir el sa- 
cratísimo deber de cultivar el corazón de 
su hijo, encaminándolo por la senda de 
la virtud. 

Absorbida por las diversiones y regocijos 
con que el mundo brinda, corría de fiesta 
en fiesta, sin cuidarse de la educación de 
su hijo, el cual crecía en medio de los 
ejemplos que le ofreciera la constante y 
perniciosa sociedad délos criados, en cuya 
compañía pasó su niñez, miéntras la des- 
piadada madre vivía en los artesonados salo- 
nes del gran mundo, rindiendo culto fer- 
viente álos placeres frívolos, álas superflui- 
dades, al lujo, á los caprichos banales de la 




100 



FRUTOS AMARGOS 



moda veleidosa, y á toda esa cohorte de fu- 
tilezas y puerilidades, entrelazadas á los 
mentidos halagos, y el ambiente tibio y 
aromoso de los salones, y el abandono ener- 
vante de los sentidos, en donde la mujer, 
entregada á la voluptuosidad de los goces, 
halla el ideal soñado de sus vagos deseos, 
y de sus anhelos indefinibles. ... ¡ Desdi- 
chada mujer ! 

Encadenada á ese género de vida, mal 
podría tener el reposo de la madre, que hace 
del hogar el santuario verdadero de todas 
sus íntimas afecciones. Faltábale tiempo 
para las cosas mundanas. Era trabajo ím- 
probo ocuparse del embellecimiento de su 
propia casa. El niño, bien podría cuidarlo 
la doncella. ¡Vaya una tontería! La madre 
con su rango, con las imperiosas ocupaciones 
que el mundo imponía para sí, ¿había de 
abandonarlo todo, soterrarse entre cuatro 
paredes para educar á un rapaz, que, aun- 
que fuera su hijo, no podía soportarlo por 
sus infantiles antojos y sus destemplados 
gritos ? ¡ Qué horror ! ¿ Qué diría la sociedad, 




FRUTOS AMARGOS 



101 



ese mundo elegante, perfumado y deslum- 
brador, como escaparate de preciosidades 
arabescas? ¡ Qué diría ! 

Se le afearía el rostro. ¡ Qué ridicula ! 
Perder la lozanía de la juventud por satis- 
facer un deber estúpido : ¡ la crianza de un 
hijo ! Como si ella no tuviera bastante di- 
nero para pagar manos mercenarias que 
veláran por ese pequeño sér ! 

Y así pensando aquella madre, de frívola, 
tornóse en criminal, creyendo ¡ insensata ! 
que el dinero podía conquistar para su hijo 
el cariño que ella le negaba. 

¡Ignoraba la infeliz que no hay oro que 
pague las caricias de una madre! 

Renato creció, como crece la mala yerba, 
marchitando las humildes florecillas, que se 
atrevían á levantar su tallo delicado junto 
al erizado zarzal. 

Las primeras impresiones arraigaron en 
su alma, y á medida que los años tras- 
currían, se agigantaban más y más sus malos 
instintos. 

Llegó á la edad en que se revelan todas 




102 



FRUTOS AMARGOS 



las condiciones del carácter y de la educa- 
ción, y fué entónces que lajnadre se dió 
cuenta del abandono punible en que había 
crecido el hijo de sus entrañas. Pero ya 
era tarde para remediar el mal. Ella se 
sentía sin fuerzas. Ese mundo tan des- 
lumbrante, al cual consagró todos los mo- 
mentos y todos los latidos de su corazón, de 
su vida, había defraudado todas sus espe- 
ranzas, marchitado todos sus atractivos, y 
había acallado los sentimientos todos de su 
pecho. 

Experimentaba sensación de frió en los 
salones, que antes eran el recinto de todas 
sus alegrías y de todos sus triunfos. Los 
homenajes tiernos y afectuosos habíanse 
trocado en ceremoniosas cortesanías; las 
miradas ya no se cruzaban ardientes, y 
las sonrisas no eran ya provocativas. El 
hielo de la indiferencia iba poco á poco 
enterrando los despojos del placer. 

La nieve de los años, cual fría ceniza, 
apagaba la hoguera que un tiempo fué viva 
y volcánica. 




FRUTOS AMARGOS 



103 



Quiso la desdichada llorar, pero ese bené- 
fico rocío del alma habíase secado en su 
pecho, y al tornar los ojos hácia su hijo, 
tampoco encontró el refugio de su cariño. 
¡Los frutos del árbol abandonado, por 
fuerza tenían que sey dañosos y de amargo 
sabor ! 

Y la infortunada mujer vió, aislada, acer- 
carse los últimos dias de su vida, y ya en el 
ocaso de su existencia, se halló sola, sin una 
mano cariñosa que le brindara su apoyo, ni 
una mirada compasiva que se condoliera de 
su triste suerte. 

Fué mala madre, y por esa culpa inmensa, 
en torno de su lecho reinó la soledad, el si- 
lencio y el abandono. Ella no había hecho 
vibrar las cuerdas del sentimiento en el alma 
de su hijo, y esas fibras delicadas habíanse 
secado, como se seca la ignorada planta 
combatida por el fiero aquilón. 

Los admiradores que ayer, rendidos á 
sus piés, cuando ella brillaba como ruti- 
lante estrella, entonábanle himnos de ala- 
banzas, han perdido hasta la reminiscencia 




104 



FRUTOS AMARGOS 



de aquellos instantes de atolondrados rego- 
cijos. 

A la sociedad, mezcla informe de risas 
irónicas, mentidos goces y eterno engaño, 
solo le place la frescura de la primavera, y 
el alegre sonar de los cascabeles con que se 
engalana la locura. 

Esos mismos amigos, que ayer quemaran 
incienso en holocausto de su hermosura, 
eran hoy los primeros en propalar acerbas 
críticas de sus frivolidades, difundiendo acre- 
mente y por doquier, el abandono que ella 
hiciera de su hijo, para entregarse á las sen- 
sualidades del mundanal bullicio. 

La infeliz mujer murió, como mueren 

todas las que como ella han vivido ! 

Sin dejar una huella tan solo en el camino 
del bien! Su memoria habiase extinguido 
antes que su existencia. Nadie la recordó! 
Y en su sepulcro frió y solitario creció la 
maleza, como habiase desarrollado en su 
alma el gérmen de la liviandad. Y ni una 
lágrima, ni una flor, ni una plegaria, fué á 




FRUTOS AMARGOS 105 

caer sobre el mármol inerte de su tumba 
olvidada! . . . Ah! . . . madre infeliz! . . . 

El mundo reclamó al hijo pervertido, des- 
pués de olvidar á la madre culpable. 

El nuevo conde se presentaba en los do- 
rados umbrales del alcázar del lujo y de los 
placeres, con todos los títulos que le hacían 
acreedor á la consideración de aquellas gen- 
tes vanas. 

Era jóven, rico, noble, conquistador. Y 
su físico arrogante le colocaba entre los ele- 
gidos de la suerte. 

Renato — ya lo dijimos — contaba treinta 
años. Era de estatura ni alta, ni baja. Su 
figura correcta la dibujaba con perfección 
su traje negro, de un corte elegantísimo. Su 
cabeza era verdaderamente artística ; tenía 
los cabellos negros, y la tez morena pálida; 
su frente era elevada ; sus ojos pardos mira- 
ban con intención maliciosa y sonriente, y 
esta mirada, asaz atrevida, velábanla sus 
párpados entornados. Tenía la nariz agui- 
leña, ligeramente pronunciada ; sus lábios 
algo gruesos y de un color encendido ; el 




106 



FRUTOS AMARGOS 



fino bigote que sombreaba su boca, disimu- 
laba también la eterna sonrisa equívoca que 
en ella vagaba. 

Tal era Renato Morgan, temido por 
muchas mujeres, deseado por otras, y envi- 
diado de los hombres, entre los que se con- 
taban no pocos que le aborrecían. 

Habitaba Renato el piso principal de un 
hermoso palacio, propiedad suya, sito en la 
calle del Arenal. 

Decorada y alhajada con magnificencia, 
nada faltaba en aquella morada para la co- 
modidad de su dueño. 

Los muebles, cuadros, vajilla, coches y 
caballos, eran citados entre las gentes de 
alto coturno, como modelos del gusto más 
exigente. 

El conde tenía á su servicio varios cria- 
dos, y entre estos descollaban el ayuda de 
cámara y la doncella, por las consideracio- 
nes que aquél les dispensaba. 

Esta última cuidaba de las ropas del se- 
ñor, y aseaba sus habitaciones con el encargo 
especial de ser discreta y comedida. Se lia- 




FRUTOS AMARGOS 107 

Inaba Rosalía, y era una chica como un 
lucero. 

Morena, de mediana estatura, de cabellos 
negros; ojos más negros aún, de mirar de 
fuego ; aire resuelto, y una vocesita armo- 
niosa, lijeramentc ronca, y con unos andares 
andaluces, que .... vamos ! — la mar ! 

Vestía una falda corta, color rosa, y cu- 
bría su airoso cuerpo un pequeño pañuelo de 
espumilla del mismo color, llevando sujeto á 
la cintura un delantalcillo negro, orlado de 
puntilla. 

El ajmda de cámara llamábase Blas, y 
era un mozo alto, de fisonomía limpia y des- 
pejada. Usaba pequeñas patillas, y sus ojos, 
de mirada burlona, guardaban armonía con 
su carácter festivo. 

— Pues no dirás que trabajas mucho ! — 
decíale la muchacha, miéntras que, diligen- 
te, manejaba el plumero, yendo de aquí 
para allá, en el lujoso saloncito que arre- 
glaba en aquellos momentos. 

— Pchist! — repuso Blas, haciendo un 
gesto de indiferencia, y estirando las piernas 




108 



FRUTOS AMARGOS 



en el sillón en que se hallaba arrellanado — » 
Los criados debemos ser el reflejo de los 
ámos! 

— Ya! — exclamó Rosaba, arrojando el 
plumero y aproximándose graciosamente á 
su interlocutor, con las manos metidas en 
los pequeños bolsillos de su delantal — Con 
que ¿ Es decir, que podemos cruzarnos 
de brazos ? 

— Yo si ; pero tú nó. 

— Cómo! Pues estaña gracioso que el 
señorito lo pasara repantigao, mientras yo.... 

— Calla, chiquilla ! Que por algo te lla- 
mas Rosa-lia. El dia ménos pensao ¡ adiós, 
Rosa .... que te las lías ! Pues, tontuela ! 
¿No eres tú la que tiene mejor parte aqui? 
El señorito te regala .... a se ve ... . Eres 
tan. . . .tan. . . . 

— ¿Campanas tenemos? 

— No ; pero .... vamos ! Tú eres tan . . . 
tan regalona con el señorito .... Como que 
las mujeres saben lo que se pescan, y .... A 
buen seguro, que nunca incurres en su desa- 
grado. 




FRUTOS AMARGOS 



109 



— Ya se ve que nó ; pero es, porque yo 
pongo todo mi empeño en que las cosas que- 
den á su gusto y .... ¿Á que tú harás lo 
propio ? ¿ Y er d i d ? 

— Chica, chica .... ¿vamos á mentir los 
dos? 

— ¡ Cómo se entiende ! 

— Pues es claro! Como que yo hago lo 
mismo que tú ... . En habiendo guita .... 
lo que es por nosotros el amo no grita ! 
Mira! Hallé un consonante de primera 
fuerza ! 

— Lo único que te faltaba ahora era me- 
terte á poeta ! 

— ¿Y qué te has figuraotú? Si no lo 
hago, es porque .... 

— ¿Porque te falta chispa? 

— No, hija, no. Es porque yo soy muy 
hombre de bien .... y no me gusta mentir, 
vamos ! 

— Mentir? 

— Claro! Anda! ¿Tú crees que todo lo 
que dicen esos visionarios, es verdad? Quiá! 




110 FRUTOS AMAROOS 

Si dicea cada embuste, que tiembla el me* 
nisterio ! 

— Pues dicen cosas tan bonitas, tan .... 
tan 

— ¿No te gustan las campanas, y estás 
repicando ? 

— ¡ Y hablan tan en lo cierto ! 

— Como que á todas las mujeres les dicen 
hermosas! Pues no había de gustarte á tí 
eso ! 

— ¿Crees tú que sería mentira, si ámí me 
lo dijeran? 

— Y á mí? 

— Cómo ! 

—Y yo? Di? 

— Vamos! vamos! Ya empiezas con el 
estrebillo de : u ¿y ámí?“ “ ¿Y yo? “ Créelo! 
Me fastidian esas tonteras. No se puede ha- 
blar contigo sériamente. Jesús! Eres un 
topo ! 

— Y tú? 

— Anda! Anda! 

— Ven acá, mujer ! No te enojes. Hable- 
mos del señorito. 




FRUTOS AMARGOS 



111 



— Del señorito ? 

— Sí, hija, sí. Dime: ¿No has notado tú 
algo de extraordinario en él ? 

—Yo? No! 

— Pues, yo sí. Y á mí se me ha metió en 
la cabeza, que trae entre manos algún lío.... 
que solo Dios sabe los malos ratos que le 
dará. 

— Yaaa!. . .Vaya! Eso no son más que m- 

f ¿indios tuyos. Pero Calle ! Anoche 

Ahora recuerdo! contemplaba extasiao un 
blanco pañuelo de batista, adornao de en- 
cajes. No hajr duda que es de mujer, y de 
mujer de mucho rango. 

— Como que no camela más que á mar- 
quesas, duquesas y principesas, y Pero, 

tú ¡es claro! Luego verías bien el pa- 
ñuelo ; lo tendrías en tus manos, y 

— Ya se ve! Una es curiosa y... Apro- 
veché un descuido del señorito, y vi que el 
pañuelo tenía una letra. 

— ¿Cuál? 

— La E, primorosísimamente bordada. 




112 



FRUTOS AMARGOS 



— La E? Bien podrá ser Eduvigis? 

Epifanía? Emeteria? ó Eusebia? 

— Jesús! Jesús! 

— Qué? 

— Que así se llamaron tus tías. 

— Yo no tengo más que tios. ¿Estás tú? 

— ; Pues digo! Vaya unos nombres, que 
ya no se usan. 

— Ignoraba yo que también había moda 
en eso de los nombres. 

— Pero no comprendes, estúpido ! . . . 

— De nada. 

— Que mi señorito solo puede enamorarse 
de una Edelmira, ó Enriqueta, Elvira ó 
Elisa .... 

— Ta, ta, ta! Son muchas mujeres para 
un hombre solo. 

— Por lo visto, no se puede hablar contigo. 

— Concluiremos, como siempre. 

— No, que no concluiremos nunca ! 

— ; Pues no se le ha puesto á esta mujer 
de mis pecaos, que el señorito no puede ena- 
morarse de una que lleve un nombre feo! 
Quita allá ! Pero si el nombre no viene á 




FRUTOS AMARGOS 



113 



cuento. Una mujer que se llame Angela, 
pongo por caso, bien puede ser un demonio 
con faldas, y de seda, si me apuras mucho. 

— Sí; te veo! 

— Pues no me has de ver, si estamos 
juntos. 

— Ya quisieran muchos ocupar tu puesto. 

— Toma ! No es poco presumía la moza ! 
Y de veras que dices lo cierto. Valiente 
cuerpo ! 

— ¿Verdad? — dijo Rosalía, contoneán- 
dose. 

— ¿ Vamos á mentir los dos ? 

— Vaya! Ya apareció aquello 

— Lo que sí es verdad, que esto va de mal 
en peor. 

— Qué? 

— Todo va mal. El señorito derrocha mu- 
cho dinero. Así las mejores fortunas se vie- 
nen al suelo. Luego hablando en con- 

cenciá, el señor conde no es muy santo, 
que digamos. 

— Nosotros no tenemos queja, ni motivo 
de 



8 




114 



FRUTOS AMARGOS 



— No digo que no, sobretodo tú. 

— Pues. 

— Nada! nada! Nosotros pasamos la gran 

vida ; pero yo sé de ótros que lloran por 

culpa del señorito. 

— De otras , querrás decir! 

— Justo! De otras. Pues digo, si estás 
enterada de ... . 

— Sí, como tú. Merecemos, á veces, la 
confianza del señor conde, y . . . 

— Cuando está de humor. A fe, que no 
envidio á la prójima que le cautive. 

— Eres mal pensao. 

— Como si no supiéramos lo que es el amo ! 

— Pero el ser galante con las mujeres.... 

— Calla! Calla ! Ser galante, es una cosa, 
y ser infame, es otra. 

— Silencio! por Dios! 

— Es que ya me escuece tanto chisme- 
y tanto tapujo. 

— Pero es menester callar. 

— Callar ? . . . Sí, dices bien ; pero no sin 
provecho. Oye, chica! 

—Di! 




FRUTOS AMARGOS 



115 



— Te gusto ? 

— Vamos! Vuelves con otra broma? 

— No. Ahora hablo en serio : ¿ Te parezco 
simpático ? 

— Así, así. Si no fueras tan torpe ! . . . 

— Torpe yo ? 

— Claro ! Como que no te parezco bonita, 
cuando todos me lo dicen. 

— Lo dirán. No te lo niego. Pero no lo 
sienten tanto como yo, que me lo callo. 

— Hola! hola! Esas tenemos? 

— Sin rodeos. Di ¿serías mi mujer? 

— Por qué no ? Pues ya se ve que sí ¿ Para 
que está una en este picaro mundo ? 

— De veras ? Ah ! ¿ Me quieres ? Sí ? Dí- 
melo dos veces. 

— Ya lo óyes. 

— Pues, gachona mía, me quedo con tu 
salero ! Para la pascua, mos casamos. 

— Alto ahí, señor Blas ! Todavía sernos 
muy pobres. 

— No lo creas, prenda ! Mis ahorrillos nos 
alcanzan para vivir á lo príncipe en el pue- 




116 



FRUTOS AMARGOS 



blo donde nacimos ! Y que lustre nos vamos 
á dar, chiquiya ! 

— Oh ! ¿ Qué me cuentas ? 

— Calla ! Aun podemos hacer más. Es- 
peremos un poco. Pero, Rosalía! cuidado 
con el señorito ! Mira que no tengo sangre 
de horchata, y que no he de oir en calma 
los chicoleos que 

— ¿ Y los ahorros, tonto ? 

— Tienes razón, muchacha, tienes razón! 
En fin, haremos la vista gorda. 

— Yaya! Razón tenias en decir cuando 
asegurabas que los criados son el reflejo de 
sus amos. 

— Lo dices tú por 

— Por tu sana moral. 

— Anda! Anda: que vales un Perú! 

Y aquellas dos buenas piezas continuaron 
haciendo castillos en el aire, forjándose pla- 
nes quiméricos, y gozando desde luego con 
los rumbos que pensaban darse cuando la 
bolsa estuviera bien repleta de cuartos. 

Al servicio del conde no podia haber sino 
tunos de esta especie. 




FRUTOS AMARGOS 



117 



Hubiera sido árdua empresa pretender 
hacer brillar la luz diáfana de la virtud en 
el antro sombrio del vicio. 

El vaso de rica fragancia trasmite á todo 
cuanto le rodea el aroma que contiene; 
pero ¡ay! también existen esencias que 
matan, y que impregnan con su veneno 
mortífero todo cuanto á su contacto llega ! 

La amistad de Renato con Alberto de 
Soldevilla tenia fácil explicación. 

Habíanse conocido en una comida fami- 
liar, dada por uno de los amigos de Alberto. 
Este, alejado del bullicio del gran mundo ; 
entregado por completo á su trabajo inte- 
lectual, que absorbia la mayor parte de su 
tiempo, no estaba al cabo de las aventuras 
ruidosas, ni mucho ménos de los díceres 
maliciosos que corrian de boca en boca, ha- 
ciendo la apología de los elegidos de la for- 
tuna, que como el conde, llevan una exis- 
tencia disipada y licenciosa. 

Renato — por uno de esos fenómenos psi- 
cológicos que se conciben por el encanto 
irresistible de la virtud — simpatizó con Al- 




118 



FRUTOS AMARGOS 



berto, prometiéndose frecuentar su trato y 
cultivar su amistad. 

El jóven pintor, gustoso, aceptó en el acto 
aquel afecto espontáneo, que parecia de- 
mostrarle el conde. Y sin recelos hablóle 
con la sinceridad que le era proverbial. 

Entabladas ya las relaciones recípro- 
cas, no tardaron en chocarle á Alberto las 
ideas y las tendencias de Renato. Y sintió 
verdadera amargura cuando llegó á ver cla- 
ramente la aridez de aquella alma, y las 
fealdades que se anidaban en su seno. 

Algunos amigos oficiosos pusiéronle al 
corriente de la vida del conde. Y Alberto 
comprendió entónces que entre Renato y él 
no podía mediar lazo alguno de íntimo 
afecto. Pero un pensamiento noble brotó en 
su alma recta : creyó que con su contacto 
podría sofrenar aquella corriente impetuosa, 
que se precipitaba al abismo, sin dique al- 
guno que la atajara. Pero i ah! él olvidaba 
que no hay valla que contenga el mar desbor- 
dado, y que si éste vuelve mansamente á su 
cauce, no tarda en revolverse en su fondo, 




FRUTOS AMARGOS 



119 



precipitándose proceloso, en gigantescas 
olas, que estallan con estrépito contra las 
duras rocas. 

La relación de Alberto y el conde, coin- 
cidió con el nuevo sentimiento que la pre- 
sencia de Enriqueta había despertado en el 
corazón del jóven artista. 

Alberto amaba. Y el amor no puede ocul- 
tarse cuando se ha posesionado del alma. 
Es como el perfume de la violeta: aunque 
oculta esté la denuncia su fragancia, que 
embalsama la atmósfera en que vive. 

Renato descubrió lo que Alberto creía un 
secreto. Y fué entonces que éste supo los 
vínculos de amistad que ligaban al conde 
con la familia en cuya casa vivía su amada. 

Por haber prestado algunos servicios 
generosos el difunto esposo de Doña Marcela 
al padre de Renato, éste últimamente man- 
tenía relaciones amistosas con la viuda, 
siguiendo la costumbre del viejo conde, 
que había visitado siempre aquella casa con 
preferentes muestras de aprecio. 

Al principio, las visitas de Renato eran 




120 



FRUTOS AMARGOS 



tardías ; pero luego, y á medida que las niñas 
de Doña Marcela crecían, y se trasforma- 
ban en mujeres hechas y derechas, el conde 
se dejó ver más amenudo, hasta que sus vi- 
sitas llegaron á ser frecuentes. 

No dejaba esto de alarmar á la señora 
Marcela. Conocía al dedillo la historia ga- 
lante del jóven conde. Y la presencia de 
éste bajo su honrado techo, sobre ser un pe- 
ligro constante, daba pábulo á la maledi- 
cencia en menoscabo del buen nombre de la 
respetada señora. 

Puede comprenderse ya que, con estos 
antedentes, no vió doña Marcela con muy 
buenos ojos la asistencia de Alberto á su 
casa. Pero cambió bien pronto de opinión, 
pues el jóven pintor, desde un principio, se 
produjo tan correctamente, que por el mo- 
mento no abrigó recelo alguno acerca de él. 

Quedábale á la buena señora la inquietud 
que le producía la visita de Eenato. Y esta 
zozobra subió de punto cuando el conde se 
reveló abiertamente entusiasta adorador de 
Berta. 




FRUTOS AMARGOS 



121 



Doña Marcela no disimuló su enfado, y, 
llamando aparte á su hija, se le opuso irre- 
vocablemente á que aceptara los galanteos 
del conde. 

Berta, que soñaba con la corona condal, y 
que amaba ya á Renato, hizo algunas obje- 
ciones á su madre. Pero bien pronto vióse 
obligada á callar ante la severa é inflexible 
actitud de la autora de sus dias, que le ne- 
gaba tenazmente su asentimiento 

El amor es fuego, tanto más abrasador 
cuanto mayor es el empeño por extinguir su 
llama. Y cuando la desmedida ambición le 
alimenta, la chispa entónces conviértese en 
incendio voraz. 

Y esto precisamente aconteció á Berta. 

El conde nada inexperto en las lides amo- 
rosas, comprendió al punto que, sin esfuerzo 
alguno, la victoria sería suya. 

Perp las fáciles conquistas para hombres 
como Renato, eran así como salsas mal ali- 
ñadas, y era menester mucho picante para 
estimular su apetito. 

Y como nada hay más apetecible que el 




122 



FRUTOS AMARGOS 



fruto vedado, para hombres de ese jaez, he 
aquí cómo el conde, cautivo de ese deseo, 
sintió en el pecho extraños afanes por ob- 
tener los favores de Enriqueta, la inocente 
novia de Alberto, quien, agena á los pensa- 
mientos que se agitaban en aquella alma, 
que se revolvía en el lodazal del vicio, entre- 
gábase á todos los encantos que le brindaba 
el amor honesto y puro de su prometido. 

La mujer es perspicaz por naturaleza; 
pero lo es más cuando la malicia y la mal- 
dad han cautivado su alma. 

Berta comprendió fácilmente las sensa- 
ciones nuevas que se levantaban en el co- 
razón de Renato, y redobló su cautelosa 
previsión, á modo de prudente general, que, 
á la aproximación del enemigo, toma, sus 
medidas extratégicas para no verse derro- 
tado en sus propias trincheras. 

Su prevención por Enriqueta crecía de 
punto. Y el despecho hizo amontonar en su 
alma negros nubarrones, que iban, paulati- 
namente, formando terrible tempestad, que 
pronto estallaría. 




FRUTOS AMARGOS 



123 



Renato tenía sobrado dominio sobre sí 
mismo, para no dejar entrever á Alberto lo 
que pasaba en su alma. 

Lo que para Berta fué trasparente cristal, 
tras el cual vislumbró su mala suerte, fué, 
sin embargo, para el jóven artista, impene- 
trable velo, que le ocultó amañosamente la 
perfidia de su falso amigo. 

Enriqueta, llena de sobresaltos, no vivía, 
pensando en el riesgo que correría, si Alberto 
llegaba á apercibirse de las intenciones 
aviesas del conde. 

— ¡Dios mió! se decía á solas, vertiendo 
raudal de lágrimas — Soy silvestre flor, na- 
cida entre malezas, y he crecido ignorada, 
desplegando mis tristes pétalos sin mas rocío 
que el de mi propio llanto. 

¿Por qué, Dios mió, háse fijado en mí ese 
hombre, que me hace temblar ? 

¿Ppr qué quiere arrebatarme el cariño de 
mi Alberto ? 

¿No le brindan sus aromas flores ricas de 
fragancia, que engalanan los salones ? 

¿Porqué no elije la soberbia camelia, que 




124 



FRUTOS AMARGOS 



en su tallo se iergue altiva, en busca de los 
halagos para que ha nacido? 

¿ Y por qué ; triste de mi ! fija sus ojos en la 
ignorada margarita, que no espera, ni quiere 
otro goce, que el inocente beso puro de la 
brisa, y el diáfano rocío de la aurora ? 

¡Pobre niña ! Cuán cándidamente piensas! 

¿ Ignoras tú, por ventura, que la flor que 
se ostenta ufana, no despiértalos deseos de la 
que, fragante, ocúltase en desconocida selva? 

Y el deseo impúdico, es lava ardiente, 
que abrasa cuanto se opone á su paso. La 
tempestad que ruge en el pecho, es fuego, que 
se agita en el seno del volcan, y . . . ¡ Ay de 
tí, si tus nevadas alas llegan á quemarse. . . ! 

El velo desgarrado no vuelve á flotar 
puro y trasparente como diáfano celaje. 
Los girones de la honra son pedazos arran- 
cados al corazón ! 

¡ Guárdate, inocente niña ! Que el rocío de 
perlas que vierten tus ojos, puede trocarse 
en lluvia de fuego, trasformando en infierno 
el delicioso paraíso de tu alma 1 




VIL 



CELAJES SOMBRÍOS. 



El nuevo dia asomábase encapotado. 

Plomizos nubarrones cubrían el horizonte, 
amenazando próxima tempestad deshecha. 

El calor era sofocante, y la pesadez de la 
atmósfera parecía también oprimir los 
ánimos predisponiéndolos al temor y á la 
zozobra, como presintiendo un mal, que se 
espera, y que no se sabe de donde provendrá. 

En el salón de estudio de la casa de doña 
Marcela, se hallan reunidas tres personas. 

Matilde, junto al balcón, completamente 
abierto, parece dispensar toda su atención 
al arreglo de una preciosa jardinera, car- 




126 



CELAJES SOMBRÍOS 



gada de vistosas flores. Pero su ocupación 
parece ser tan sólo un subterfugio para dejar 
en libertad á Alberto y Enriqueta, los cuales, 
al otro extremo de la habitación, conversan 
en voz baja, sentados, el primero en una 
butaca y la segunda en una banquetilla. 

Alberto habla con marcados signos de 
creciente entusiasmo, miéntras que Enri- 
queta, con la cabeza ligeramente inclinada 
sobre un bastidorcito, que descansa en sus 
faldas, le escucha con visibles muestras de 
arrobamiento. 

— ¡ Amada mía ! — murmura, cojiendo 
una mano de Enriqueta y estrechándola con 
ternura — Cesen ya tus temores. ¿A qué 
torturar la mente y desgarrar el corazón 
pensando en lo que quizá no acontezca? 

— ; Ay ! ¡Alberto! — prorrumpió Enriqueta. 
— En vano quiero desechar mis pensamien- 
tos. ¡No puedo! Siento oprimido el corazón, y 
algo asi como un presentimiento fatal, que... 

— ¡ Calla ! ¡ calla ! Que tus palabras me 
hacen daño, y adivinando lo que sufres .... 
— Alberto ! 




CELAJES SOMBRÍOS 



127 



— ¡ Alma mía ! Di : ¿ No te basta para 
alejar tus tristes ideas el inmenso amor, 
que, para tí atesora mi pecho ? 

Escucha. 

No pienses más que en nuestra próxima 
dicha. 

Entre tú y mi madre, ¡ cuán feliz vo}^ á 
sentirme, Enriqueta mía ! Desde el instante 
en que te conocí, la inspiración parece que 
bulle en mi mente con gigante fuerza crea- 
dora. Y es que la llama inmensa de tu ca- 
riño difunde toda su luz en la existencia 
mía ! Me miro en el cristal de tus ojos, y 
veo en él retratada mi alma, que, afanosa 
busca la tuya, para confundirse en vínculos 
de amor eterno ! 

Enriqueta! Sin tino quiero dichas, nom- 
bre, ni gloria ! 

Por tí quiero fortuna, honores, y triunfos, 
para depositarlos á tus plantas, cual ofren- 
da humilde de mi cariño imperecedero á tu 
amor infinito. 

— Alberto! Cuán venturosa me haces ! 

— Olvida todos tus temores, ángel mió, 




128 



CELAJES SOMBRÍOS 



que, amándome tú, yo desafiaré todos los pe- 
ligros del mundo entero. 

— Sí, sí, Alberto! Mi amor nunca te 
abandonará. ; Ah ! Sí, tú eres para mi alma 
lo que para el cielo es el sol que le inunda 
con su luz! Sin tí, fuera mi existencia lóbre- 
ga noche. i Ay! No vieran nunca mis ojos 
las rosas del cariño, que bordan la trabajosa 
cuesta de la vida ! 

— Tú serás en mi santuario la flor más 
pura de mi inspiración artística. 

— Quiero ser la alondra que cante alegre 
tus venturas. 

— Serás el incienso que perfume el altar 
de mis amores ! 

— Alberto ! Allá, junto á tí, entregada á 
mis labores, y viéndote trabajar con afanoso 
ahinco, ¡ qué bellas se deslizarán las horas 
de nuestra vida, amándote y amando á la 
venerable anciana que te diera el sér, y que, 
cual ángel custodio, velará solícita mi exis- 
tencia y tu existencia ¡ Ah ! . . . 

— ¡ Bendita mil veces seas, Enriqueta mia ! 

— Oye, Alberto : tengo un deseo que 




CELAJES SOMBRÍOS 129 

más que deseo, es imperiosa necesidad del 
alma mía! 

— Di! habla ! 

— Ello es, que de Margarita no quisiera 
separarme 

— La llevaremos con nosotros. ¡Es tan me- 
recedora de que se la quiera ! 

— Es tan buena, la pobrecita ! Ya te he 
hablado de ella muchas veces. No puedes tú 
imaginarte cuánto la amo ! 

— Es muy justo tu afecto para con ella, 
Enriqueta mía ! Hizo contigo las veces de 
madre, y nada más natural ni lógico. 

— Oh ! sí ! Ha tenido por mí todos los 
desvelos, todos los anhelos, que tiene una 
santa madre por la hija de sus entrañas ! 
Olvidábase de sí misma por pensar en mí 1 
Y ¡cuántas veces ha incurrido en el desa- 
grado de doña Marcela por su afan de serme 
útil! ¡Con qué pagaría yo abnegación 
tanta! 

— Y ahora, que nombras á doña Marcela, 
¿ No has notado cierta frialdad de parte de 
ella hácia mí ? 



9 




180 



CELAJES SOMBRÍOS 



— No, no lo he advertido. . . . serán figu- 
raciones tuyas, querido Alberto ! 

— Quizá. Pero pienso que doña Marcela, 
de unos dias á esta parte, no me mira con 
buenos ojos. ¿En qué podré haberla agra- 
viado ? No acierto 

— Querida Matilde! — exclamó Enriqueta 
con ánimo de distraer á su prometido de las 
ideas que le embargaban — Parece que el 
cielo barrunta agua. 

Matilde, que aun seguía en el arreglo de 
la jardinera, volvió graciosamente la cabeza 
y repuso : 

— Tendremos una tormenta deshecha. — 
Y, cambiando de tono, agregó : — Y Mar- 
garita no está en casa ! . . . 

— Cómo ! — exclamó Enriqueta, alzán- 
dose nerviosa de su asiento, — ¡ Ha salido en 
un día como éste! 

— Sí, amiga mía, y desde muy temprano. 

— Dios mió ! Si estallará la tempestad 
antes de que ella vuelva. . . . 

Y, aproximándose al balcón, se asomó, 
consultando el horizonte con la mirada. 




CELAJES SOMBRÍOS 



1B1 



Alberto y Matilde siguieron sus huellas. 

— No creo que esté tan próxima la tor- 
menta — murmuró Alberto. — Y luego, ella, 
en viendo la tempestad que se prepara, vol- 
verá presto. 

— Y yo no la he visto hoy — repuso, pe- 
sarosa Enriqueta, sin dejar de mirar hácia 
fuera. — Dos veces ful á su cuarto, y lo hallé 
cerrado, y no quise incomodarla llamando. 
Sabía que anoche se habia recogido tarde, 
y supuse que descansaría. 

— Y cuando salió — replicó Matilde — 
noté recientes huellas de llanto en su rostro. 

— Pobre Margarita ! Hace dias que la 
noto más triste que de ordinario. 

Y al decir esto, Enriqueta enjugó dos lá- 
grimas, que silenciosas resbalaban por sus 
mejillas. 

— Enriqueta ! por Dios ! No te apenes — 
exclamó Alberto en tono suplicante. 

— Hermana mia! Desecha tus temores 
— repuso á su vez Matilde estrechando las 
manos de Enriqueta. — Ya sabes que desde 
la noticia de tu casamiento, Margarita se ha 




132 



CELAJES SOMBRÍOS 



sentido verdaderamente emocionada. Quizá 
el temor de la separación. . . . 

— Pero si le lie suplicado, anegada en 
llanto, que se venga á vivir conmigo, así 
que se realicen mis bodas y se ha negado ! 

— Se negó ? 

Sí. Y ha proferido palabras tan inusita- 
das, tan extrañas para mí, que en vano he 
reflexionado después. No sé á qué atribuir 
su conducta. 

— Verdaderamente. En la dolorosa histo- 
ria de esa pobre mujer hay un misterio, que 
la mata. Su constante pena, sus palabras, á 
veces enigmáticas, revelan bien álas claras, 
que en su pecho guarda un secreto que no le 
es dado revelar á nadie. 

— Sí. No te engañas, Matilde. Algo de eso 
me ha dicho ella misma, y 

— Quizá — dijo Alberto — sea víctima de 
sus propias cavilaciones, y lo que ella juz- 
gue un mal irremediable, sea, por el contra- 
rio, de fácil solución. ¿Por qué no intentas 
tú, Enriqueta, llevarla al terreno de la más 




CELAJES SOMBRÍOS 



133 



Amp lía, confianza, sin violencia, para explo- 
rar su ánimo. 

— Oh ! Ella para mí no tiene reservas de 
ningún género. Matilde conoce muy bien 
todo el amor que Margarita me profesa. 

— Es muy cierto': — repuso la jóven — y 
nunca ha desperdiciado la ocasión de probar 
la sinceridad de ese afecto. 

— Y sin embargo 

— Si ! Y á pesar de todo su amor, y de 
no ocultarme sus más íntimos pensamientos, 
ha guardado silencio cuando he querido in- 
terrogarla sobre ese punto, ó me há suplica- 
do que no intente inquirir lo que no le es po- 
sible revelarme. Muy poderoso debe ser el 
motivo que la obliga á callar. 

— Y ahora, sale muy frecuentemente — 
dijo Matilde. 

— Sí. Tiene unas amigas, Soledad y Ro- 
sario, que viven en la calle de la Montera, 
número — Ella así me lo ha contado. Parece 
que han sido compañeras desde la niñez. 
Conozco la casa por haber pasado por allí 
en compañía de doña Marcela. 




184 



CELAJES SOMBRÍOS 



Y al hablar de esta suerte, Enriqueta 
volvió á mirar hácia la calle; pero al hacer- 
lo, palideció repentinamente y de sus lábios 
escapóse esta exclamación: 

— | Mi padre ! . . . 

Alberto y Matilde siguieron la dirección 
de la mirada de Enriqueta, vieron efectiva- 
mente entrar en la casa un hombre, que ca- 
minaba apresuradamente, y con la cabeza 
baja. 

Matilde le reconoció en el acto. 

Las dos jóvenes, después de cambiar una 
mirada de sobresalto, guardaron silencio 
profundo. 

Alberto no se atrevió á romper aquel mu- 
tismo, y sintió que su corazón palpitaba 
con fuerza desconocida. 

— Animo! — balbubeó muy quedo Ma- 
tilde — Ha llegado por fin el momento tan 
ansiado: el de la prueba. 

— Dios mió ! — exclamó Enriqueta — 
dadme valor ! 

— Amada mia! — murmuró Alberto, — 
va á decidirse de nuestra suerte. Y si el des- 




CELAJES SOMBRÍOS 



13t> 



tino aciago quisiera negarme la dicha por 
tanto tiempo esperada — Ah ! 

— No concluyas, Alberto! Ten fe en mi 
cariño. Si mi padre se opone á nuestra unión 
pondremos nuestra suerte en manos de la 
Divina Providencia, y confiados esperare- 
mos su fallo inapelable. Mi cariño no se ex- 
tinguirá sinó con el último latido de mi 
corazón ! 

— Y yo te juro, Enriqueta mia, que mi 
pecho no vacilará. Y si por desdicha resul- 
taran ciertos tus temores, hablaré á tu padre 
con todo el ardimiento de mi alma enamo- 
rada, y mis palabras lograrán moverle á 
compasión. 

Iba á continuar su discurso Alberto, 
cuando entró Berta de improviso á la habi- 
tación, y dirigiendo una mirada investiga- 
dora á los tres jóvenes, en alta voz exclamó: 

— Podéis ya pasar todos al salón. Mamá 
os aguarda en compañía de don José. 

Y, esperando el efecto de sus palabras, 
se asombró de que no causáran la impresión 
que era consiguiente. 




136 



CELAJES SOMBRÍOS 



— Parece que no os sorprende la nueva — 
dijo, examinando minuciosa # y alternativa- 
mente con la mirada el rostro de Alberto y 
Enriqueta. 

— Ya lo sabíamos — repuso Matilde, mos- 
trando á su hermana un gesto harto signi- 
ficativo. 

— ¿ Ya ? — preguntó con extrañeza — 

¿ Quién podrá habéroslo dicho ? Porque los 
criados no han pasado á estas habitaciones 
y en cuanto á Margarita. . . . salió tem- 

prano, quizá para no volver más. 

— Qué dices? — balbuceó Enriqueta in- 
mutada. 

— Que como mamá díjole esta mañana á 
la institutriz que ya no necesitaba de sus 
servicios 

— ¡Margarita despedida ! — dijo Enrique- 
ta, cubriéndose el rostro con ámbas manos. 

— ¡Imposible! — agregó Matilde — ¿Por 
qué mamá había de despedirla? 

— Porque la señora institutriz no nos ha- 
ce ya falta ninguna — repuso Berta, con 




CELAJES SOMBRÍOS 



137 



maligna sonrisa y saliendo rápidamente de 
la habitación. 

— ¡Por Dios ! — exclamó Matilde, corrien- 
do, en unión de Alberto, á favorecer á Enri- 
queta, que desfallecia por instantes •— Nada 
habrá de verdad. No olvides que Berta ha- 
bla siempre inopinadamente y con atolon- 
dramiento. 

— ¡Oh! no, no! Las lágrimas que tú notas- 
te esta mañana en el rostro de Margarita, 
su ausencia en un dia como este, en que va 
á decidirse de mi destino, todo me hace creer 
que, por desgracia, es harto evidente todo 
cuanto ha dicho Berta. 

— Serénate — dijo Matilde, enjugando las 
lágrimas que inundaban el rostro de En- 
riqueta. 

Alberto estrechaba una de sus manos, y, 
á su vez, decíale á la acongojada niña : 

— Inquiriremos lo que haya de verdad, y 
confía en que todo saldrá á medida de tu 
deseo. 

— V amos pronto , que nos esperan — re- 
puso Matilde. 




138 



CELAJES SOMBRÍOS 



Enriqueta hizo un supremo esfuerzo para 
ocultar su quebranto, y, dando el brazo á 
su amiga, salieron del aposento, seguidas de 
Alberto. 

En aquel mismo instante, los bramidos de 
la tempestad dejáronse oir. 

Gruesas gotas de agua empezaron á caer, 
y una que otra fuerte ráfaga de viento pre- 
sagiaba el huracán. 

Matilde y Enriqueta, á la salida de la ha- 
bitación en que tuvo lugar la escena des- 
crita, se detuvieron amedrentadas. 

— Mucho me temo — pensó la primera — 
que no sea ménos recia la borrasca que nos 
prepara ese hombre funesto ; Pobre En- 

riqueta ! 

Las jóvenes continuaron su camino, en- 
trando muy luego en el salón en donde espe- 
raban el padre de Enriqueta y doña Marcela. 

Esta hallábase sentada en una butaca, 
próxima al balcón, y cerca de ella veíase á 
Berta, que, con afectada indiferencia, daba 
vueltas á las hojas de un álbum. 

Don José Montero paseaba de arriba á 




CELAJES SOMBRÍOS 



.139 



abajo el salón, con los brazos cruzados. 

Era Montero, alto. Ni grueso, ni delgado. 
Su rostro, de expresión dura, no acusaba 
ningún rasgo que le hiciera atrayente. Su 
tez era pálida, y sus pómulos salientes. Su 
cabellera corta y negra y muy espesa, usá- 
bala de ordinario en desórden. Tenía ojos 
pardos, hundidos, y las cejas muy tupidas. 
Su mirada era casi siempre huraña, y cuan- 
do fijábase en álguien era penetrante como 
hiriente dardo. 

Usaba barba cerrada, muy negra. Y 
completaba su tipo, la nariz corta y gruesa, 
que imprimíale marcadísimo sello de repul- 
sión. 

En aquel instante, vestía pantalón y saco 
largo, color pasa, abotonado de arriba abajo. 

El salón en donde discurrían estos perso- 
najes, era bastante grande, y adornado con 
gusto artístico. Mullida alfombra cubria el 
pavimento, y la sillería, armonizando con el 
entapizado de las paredes, ostentaba rica 
tela de seda, de color rojo oscuro. 

Decorábanlo algunos espejos de grandes 




140 , CELAJES SOMBRÍOS 

tamaños, jarrones, plantas dé ornamenta- 
ción, y pequeños sillones de fantasía, dise- 
minados de acá para allá, como caprichosos 
juguetes de arte, destinados al regalo de sus 
dueños. 

Alberto echó una rápida mirada á Mon- 
tero. Y acto continuo volvió sus ojos á En- 
riqueta, pensando: 

— Nadie diña que ese hombre es padre 
de esta encantadora niña. No hay un solo 
rasgo en la hija que denote conformidad 
con los del padre. 

— Señor Montero — dijo doña Marcela, 
dirigiéndose al padre de Enriqueta, é indi- 
cando con un ademan al jóven pintor — pre- 
séntele al señor de Soldevilla, de quien ya 
tiene usted anticipadas noticias. 

— Señor mió — murmuró Montero, 

deteniéndose en sus paseos por el salón ; pero 
sin que impulso alguno de cortesía le in- 
dujera á tender la mano al jóven, que se ade- 
lantaba hacia él con la suya en actitud de 
recibirla. 

— Permítame, señor — exclamó Alheño, 




CELAJES SOMBRÍOS 



141 



retirando su mano con visible contrariedad 
por la descortesía de aquél — que celebre es- 
te momento tan deseado para mí, que me 
brinda la satisfacción de conocer á usted. 

— Y tú que dices ? — repuso Montero, di- 
rigiéndose á su hija, sin contestar las cultas 
frases de Alberto. 

Enriqueta, que, desde un principio habia 
ido acercándose á su padre, con inseguro 
acento, murmuró : 

— Papá : celebro mucho verte bueno, y . . . 

La pobre niña cortada y llena de congojas, 
no acertó á decir más, y calló, bajando al 
suelo los ojos llorosos. 

Matilde habíase contentado con saludar 
á Montero con una lijera inclinación de ca- 
beza, y fuése á reunir con Berta, afectando 
también mirar con atención las figuras del 
álbum, que su hermana contemplaba. 

Alberto, comprendiendo la clase de hom- 
bre con quien se las habia, y para librar á su 
amada de prolongada tortura, abordó la sus- 
pirada cuestión, sin rodeos de ningún género. 

— Señor Montero: — dijo — Supongo que 




142 



CELAJES SOMBRÍOS 



la señora Marcela ya habrá impuesto á 
usted de mis pretensiones acerca de 

Calló Alberto, esperando contestación á 
sus palabras. Pero Montero seguía mirando 
curiosamente á su hija, sin abandonar su 
postura. Es decir: con los brazos cruzados 
y sin dar señales de haber oido la obser- 
vación formulada por el amante de su 
hija. 

A pesar de los hidalgos sentimientos de 
Alberto, y de su cultura nunca desmentida, 
la conducta de Montero comenzó á serle 
enfadosa. 

Pero, reprimiéndose en obsequio de su 
amada, el apuesto jóven, continuó: 

— Amo á su hija de Y., la señorita Enri- 
queta, y experimento el más grande de los 
placeres al solicitar su mano. La evidencia 
de que ella corresponde á mi cariño, me 
impone el deber de consagrarle todos los 
momentos de mi vida. 

Don José Montero levantó su cabeza con 
lentitud, y mirando á Alberto desdeñosa- 
mente, repuso : 




CELAJES SOMBRÍOS 



148 



— Ya sé que Y. ama á mi hija, y también 
que la desea Y. en matrimonio. 

— V. no me negará la mano de ese ángel. 
¿No es verdad, señor? — dijo Alberto, dando 
un paso bácia su interlocutor. — Soy artista. 
Vivo en unión de mi buena madre, y mi 
trabajo produce lo bastante para ofrecer á 
la mujer elegida una existencia cómoda, ya 
que no lujosa. 

Montero volvió á sus habituales paseos, 
y su semblante adusto tornóse más sombrío 
que de ordinario. 

Doña Marcela miraba de hito en hito la 
escena que se desarrollaba. Matilde y Berta 
contemplábanla también de vez en cuando, 
asomándose al rostro de la primera dolo- 
rosa angustia, y maligna alegría en la 
segunda. 

Enriqueta habíase sentado á corta dis- 
tancia de doña Marcela. Y Alberto, como 
nadie le había invitado á que tomara asien- 
to, permanecía de pié, apoyado el brazo en 
el mármol de la chimenea. 

Los bramidos de la tempestad se acen- 




144 



CELAJES SOMBRÍOS 



tuáron más y más, y hubo momentos en 
que casi no se oía lo que se hablaba. 

Por el balcón penetraba la luz fugitiva 
del relámpago, que iluminaba el salón por 
instantes, alarmando á las señoras, que, obe- 
deciendo á irresistible impulso de temor, cer- 
raban los ojos apretadamente. 

A pesar de la tirantez de la situación en 
que se hallaba, Enriqueta suspiraba por 
Margarita, cada vez que un nuevo empuje 
de la tormenta hacía retemblar ruidosa- 
mente los cristales de las puertas y ventanas. 

Matilde murmuró muy quedo al oido de 
su hermana : 

- - La calma que aparenta don José, da- 
das las condiciones de su carácter violento, 
mucho malo me hace sospechar. 

— Bueno, ó malo, que acabe cuanto antes! 
¡Yaya una comedia ridicula! — repuso 
Berta. 

— Pues señor! — dijo Montero, aproxi- 
mándose á Alberto, restregándose las ma- 
nos, y con una sonrisa equívoca. — Yo siento 
mucho no poder complacer á Y. ; pues tengo 




CELAJES SOMBRÍOS 



145 



respecto de mi hija mis ya realizados pro- 
yectos. Debo casarla con un antiguo compa- 
ñero mió, hombre de fortuna y de provecho, 
á quien la tengo prometida, desde mucho 
tiempo ha. Y aun cuando no mediara este 
compromiso, mi hija se ha de casar con 
quien yo quiera, y nada más. 

— Dios mió ! — murmuró Enriqueta, ocul- 
tando el rostro entre las manos. 

Matilde corrió junto á su amiga, y trató 
de prodigarla sus consuelos y sus caricias. 

Una ráfaga de íntima alegría cruzó por el 
pálido rostro de Berta, y, abandonando el 
álbum, prestó toda su atención á lo que iba 
á decirse. 

Doña Marcela permanecía callada, y sin 
que su rostro revelase otro sentimiento que 
una frialdad aparente. 

Alberto, pálido y con acento embarazoso 
por lo anormal de su situación, replicó al 
padre de su adorada Enriqueta : 

— Señor! Al producirse así no ha tenido 
V. en cuenta el amor que liga el alma de su 
hija á mi propia alma! Vea Y., por Dios, 

10 




146 



CELAJES SOMBRÍOS 



que causa la eterna desventura de ambos ! 

— Ea ! Basta ! — exclamó Montero, ir- 
guiéndose, y dejando oir su voz áspera y 
fuerte. — Soy dueño absoluto de la voluntad 
de mi hija, y no tengo por qué dar á V. 
explicación de mis actos, ni ménos admitir 
observaciones de Y., ni de nadie! ¿Lo 
entiende bien ? 

— Permítame, sin embargo, que le ob- 
serve, que si es la fortuna á lo que Y. aspira, 
fije Y. la cantidad, que yo sabré conquis- 
tarla, trabajando noche y dia con fervo- 
soso anhelo. 

— Fortuna? Ca! No se improvisa en un 
dia, ni ... . 

— Enriqueta y yo confiadamente espera- 
mos en la bondad de V. 

— He dicho ya que no! Y hemos conclui- 
do ! Se casará con el hombre que j t o le des- 
tino, y nada más. 

— Señor don José! El dinero no es el 
portador de la dicha ! 

— ¿Es decir, que V. insiste? — exclamó 
Montero con rabia. 




CELAJES SOMBRÍOS 



147 



— Y cómo no he de persistir, si me arre- 
bata V. en una hora la soñada ventura del 
alma mia ! 

— Nada tengo yo que ver con V. ! 

— Padre mió!... — exclamó Enriqueta, 
tendiendo sus brazos hácia él, en ademan 
suplicante. 

— Es inútil! Ya me conoces tú. Se ha de 
hacer lo que yo mande, y nada más ! 

— Don José! — dijo Matilde, intercedien- 
do en favor de sus amigos. 

Y Montero, haciendo caso omiso de cuan- 
to se le decía, continuó : 

— Has de prepararte, porque emprende- 
remos viaje, muy pronto. ¿Lo has oido? 

— Dios mió ! — murmuró entre lágrimas 
Enriqueta. — Puede V. disponer loque guste, 
que mi deber es obedecerle ; pero respecto 
de mi amor, ah ! nada podrá borrarle. Juré 
á Alberto, por la memoria sagrada de mi 
santa madre, que mi cariño jamás le aban- 
donaría, y moriré esclava de mi juramento, 
antes de ser la esposa de otro hombre ! 




148 



CELAJES SOMBRÍOS 



— ¡Qué lenguaje ! . . . — gritó Montero. — 

¡ Ay de tí, si persistes . . . ! 

— Padre ! El amor que profeso á Alberto, 

me da valor para hablar así. Pero 

— continuó la jóven — tú accederás, padre 
mió ! Alberto es bueno, laborioso y honrado. 
Y yo le amo, ¿ porqué no ha de ser mi es- 
poso ? Por qué . . . ? 

Montero, asombrado de que Enriqueta, 
tan tímida, tan obediente de ordinario, se 
produjera así, contuvo los arranques de la 
rabia que ardía en su pecho, y díjole : 

— Porqué? Porque quiero entregarte á 
un hombre de fortuna ; porque he de ver 
realizados mis deseos de siempre; porque.... 
oro, oro es lo que vale, y nada más que el 
oro! 

— Es decir — interrumpió Alberto, olvi- 
dando sus propósitos de prudencia — que 
Enriqueta se verá obligada á entregar su 
mano, en cambio vil de un puñado de di- 
nero, desgarrando fibra por fibra el cora- 
zón ! . . . Ah ! . . . y quizá destinada á un 




CELAJES SOMBRÍOS 



149 



hombre indigno de poseer el tesoro de sus 
virtudes ! 

— Oh ! — exclamó Montero en el colmo de 
la ira. 

Y ciego de furor, en actitud hostil, se aba- 
lanzó á Alberto. 

Este, sin inmutarse, no retrocedió ni un 
paso. 

Matilde se interpuso, miéntras Enriqueta 
desfallecía á la vista de tamaño desafuero. 

Montero volvióse á su hija, y, cojiéndola 
fuertemente del brazo, la sacudió con vio- 
lencia, y enronquecido por la cólera, gritó : 

— ¡Ay! Pobre de tí! — Y á su oido, mur- 
muró — A mis manos morirás, si desacatas 
mi mandato ! 

— Dios de las misericordias ! — sollozó la 
jóven. Y sintiendo que la pureza de su ca- 
riño le daba alientos, con heróica resolución 
dijo : — Moriré ! Pero mi amor será siempre 
del hombre elegido de mi alma ! 

Un sordo rugido se escapó del pecho de 
Montero, y oprimiendo más y más el deli- 




150 



CELAJES SOMBRÍOS 



cado brazo de Enriqueta, esta exhaló un 
grito de dolor agudo. 

Alberto, pálido, trémulo de indignación, 
quiso abalanzarse sobre ellos ; pero Matilde, 
cual ángel custodio, se opuso á su paso. 

Doña Marcela, al grito lastimero de En- 
riqueta, había abandonado su asiento, y 
acudiendo en auxilio de la jóven, se inter- 
puso entre esta y su padae, profiriendo 
esta especie de amonestación : 

— Don José! Refrene V. esos desbordes 
de su carácter, impropios de un hombre 
bien nacido ! 

— Es mi hija! Y puedo disponer de ella 
á mi albedrío. ¿Lo entiende Y., señora? 

— Se engaña Y. lastimosamente, caba- 
llero! — objetó Alberto — No hay nada que 
justifique su conducta opresora. Y cuando 
se pisotean las sagradas leyes del corazón, 
vienen las del Código, en su defensa, apli- 
cando ejemplar castigo! Y cuando la justi- 
cia de los hombres se ve burlada, tarde ó 
temprano, indefectiblemente, déjase sentir 
la justicia divina. . . ! 




CELAJES SOMBRÍOS 



151 



— Silencio! Y salga V. inmediatamente 
de esta casa! — gritó Montero, desencajado 
el rostro por los estragos de la ira. 

Alberto se aproximó á doña Marcela, y, 
en voz baja, díjole: 

— ¡Señora ! Ninguna falta he cometido, y, 
sin embargo se me arroja de su casa como á 
un criminal. No quiero continuar replican 
do al señor Montero como se merece, por no 
afligir más á Enriqueta. Haga V. en su favor 
todo cuanto le dicte el sentimiento de jus- 
ticia. 

— Yo — dijo fríamente doña Marcela — 
no tengo ninguna ingerencia en este nego- 
cio ; y él es de suyo muy delicado para que 
me atreva á interceder en favor de nadie. 

— Tan sólo por Enriqueta, podría Y . . . . 

— Adiós, señor mió ! — Y despidiendo 
bruscamente al desairado amante, doña 
Marcela volvió á ocupar su primitivo asien- 
to, dirigiendo al atribulado jóven una mi- 
rada de secreto enojo. 

Berta sonrió complacida, murmurando 
para sí: 




152 



CELAJES SOMBRÍOS 



— ;No he trabajado en vano ! 

Alberto miró en torno suyo con desespe- 
ración, y se dispuso á salir, llevando la 
muerte en el pecho. 

. Dirigió á Enriqueta una larga apasiona- 
dísima mirada, é iba á marcharse, cuando 
la jó ven voló hacia él, y, abandonando sus 
manos en las manos de su novio, con acento 
que partía del alma, díjole : 

— ¡Vete, Alberto! Y díle á tu anciana 
querida madre, que el corazón de esta mu- 
jer infortunada sólo será para su hijo ido- 
latrado ! 

Dos lágrimas silenciosas humedecieron 
el semblante del pintor, y, queriendo ocul- 
tarlas á la vista de su amada, inclinó la 
frente. 

Enriqueta sintió caer en sus manos aquel 
llanto, testimonio elocuente de acendrado 
cariño, y trastornada por la lucha de sen- 
timientos encontrados que sostenía su co- 
razón, vió alejarse á Alberto, que lentamen- 
te abandonaba el salón, con vacilante paso. 

Montero, con evidentes señales de des- 




CELAJES SOMBRÍOS 



158 



precio, daba las espaldas á esta escena do- 
lorosa. 

Al ausentarse el jóven artista, Enriqueta 
sentía que el ánimo le abandonaba ; apode- 
róse de ella el temblor nuevamente, y tornó 
á ser la niña tímida de siempre. Y cuando su 
padre le dijo — “ dentro de unos dias parti- 
remos, “ — ella no supo qué replicar, é incli- 
nando la cabeza, derramó lágrimas á tor- 
rentes. 

Matilde enlazó su brazo con el de su 
amiga desdichada, y abandonaron pausada- 
mente el salón. 

La tempestad desencadenada por com- 
pleto, rugía como monstruo acorralado. 

Doña Marcela meditaba. Y Montero pro- 
seguía sus paseos por el salón, en tanto que 
formulaba entre dientes sordas amenazas. 

Y Berta sonreía . . . 




VIII. 



LA CELADA. 



Margarita ya había vuelto de la calle, y 
su primer pensamiento fué para Enriqueta. 
Preguntó por ella á Matilde, é impuesta rá- 
pidamente de todo lo ocurrido, afanosa, acer- 
cóse á la pobre niña, que yacía en su lecho, 
presa de mortal angustia, para prodigarla 
sus consuelos y sus caricias. 

— ¡Ay! Margarita del alma! — sollozó 
Enriqueta, al verla penetraren su aposento, 
seguida de Matilde. 

Margarita la estrechó en silencio contra 
su pecho, y así la retuvo per large tiempo, 
vertiendo ámbas inconsolable llanto. 




156 



LA CELADA 



Y luego, sentándose al borde de la cama, 
cariñosamente le dijo : 

— ¡Vamos ! Valor, hija mía ! todo se conci- 
llará. ¿Crees tú que la perseverancia y el 
amor de Alberto no lograrán vencer la re- 
sistencia tenaz de tu padre ? 

— ¡Cuán equivocada estáis! Vos no co- 
nocéis el autor de mis días. ¡Ay! Es inflexi- 
ble, inexorable, y fuera capaz de dejarme 
morir á solas antes que ceder de su capricho ! 

¡ Dios mió! Dios mió ! Yo voy á morir, sí, 
á morir de dolor ! 

— ¡Enriqueta mía! — murmuró Marga- 
rita con acento trémulo — ten confianza en 
el Sér Supremo, y ruega á su Santa Madre, 
que te oirá. Ten fe, recobra tu perdida sere- 
nidad, que los dolores, como las alegrías, 
tienen su término prefijado en este mundo. 
Aun brillarán dias serenos para tu alma do- 
lorida, y, enjugadas tus lágrimas, asomará á 
tus labios la sonrisa de la esperanza. 

— ¡ Pero sin Alberto no hay felicidad po- 
sible para mí ! 

— ¡Oh! ¡no, no! Será con Alberto. Tu 




LA CELADA 



157 



dicha y su dicha, las dos confundidas, como 
se confunde el perfume de dos flores en una 
sola y pura esencia. 

— Cree lo que dice Margarita — repuso 
Matilde con cariñoso interés — Dias ven- 
drán de júbilo y de ventura sin igual. 

— ¡ En vano os esforzáis por consolarme ! 

¡ Ya lo veis ! Mi padre quiere partir, lleván- 
dome consigo á lejanas tierras. 

— ¡Llevándote! . . . — prorrumpió Mar- 
garita, poniéndose súbitamente de pié. 

— Si! Pero .... Ahora que recuerdo — 
por un momento me había olvidado — ¿Es 
cierto que doña Marcela. . .os ha ¿espedido? 

— ¿ Quién te lo ha dicho ? 

— Berta. 

— Oh ! ... Si. Me ha despedido, dándome 
tiempo para que busque donde estar. 

— Oh ! ¡ Margarita ! — exclamó la buena 
Matilde, cubriéndose el rostro con las manos. 

— Mi querida niña, y tú Enriqueta, va- 
mos, no lloréis, que vuestra pena me hace 
horrible daño. 

— Pero ¿á dónde habéis de ir, sin conocer 




158 



LA CELADA 



á nadie ? Vinisteis tan jóven, al decir de 
mamá, á esta casa. . . . 

— ¡Alejaros de nosotras, que tanto os 
amamos, y sin tener el consuelo de veros ! 

¡ Ah ! Yo no podré vivir, lejos del círculo de 
mis afecciones. 

Y Enriqueta redobló sus lágrimas, dan- 
do salida á los suspiros angustiosos de su 
pecho. 

— Vas á enfermar, Enriqueta — dijo Ma- 
tilde, acariciando los cabellos de su amiga. 

Margarita, que habia vuelto á sentarse 
junto á la inconsolable niña, tomando sus 
manos para estrechárselas efusivamente, 
díjole : 

— Escucha: viviré con mis amigas, Ro- 
sario y Soledad ; pero tú, Enriqueta querida 
é inolvidable, correspondiendo á mi cariño 
intenso, me impondrás de cuanto te acon- 
tezca; me harás saber donde te conduzca tu 
padre; me escribirás siempre, siempre, con- 
fidencialmente, trasmitiéndome las sensa- 
ciones de tu alma bella. Pero. ... no se lo 
digas á tu'padre ; ten cuidado en ocultar tu 




LA CELADA 



159 



correspondencia, hija mia, que fuera ca- 
paz de. . . . 

— Sí, sí; vuestras palabras me dan dulce 
consuelo. Mi padre nada sabrá. 

— Y yo te contaré cuanto sepa de Alber- 
to. Y así, aunque distantes nuestras al- 
mas, vivirán unidas, y siempre amándose. 

— Pero. . . . Me estremezco ! Si vos supie- 
rais las amenazas de mi padre! Díjome, 
que si no le obedecía casándome con el 
hombre de su elección, era capaz de poner 
fin á mi existencia ! 

— Cielo santo ! . . . — dijo temblando Mar- 
garita. — Tu padre quiere entregarte á un 
hombre ! . . . 

— Sí ! A un hombre que tío amo, ni amaré 
nunca ! 

— ¡Oh! Esto es desesperante! Y esa ame- 
naza ! . . . 

— No la cumplirá. Es para que lo obe- 
dezcas. Su carácter fiero no va hasta el ex. 
tremo de matar á su propia hija. ¡Qué 
horror! Ni á pensarlo me atrevo! 

— ¡ Ay ! hija mia . . . ! 




160 



LA CELADA 



— ¿Quéteneis, Margarita? ¿Por qué tem- 
bláis así? 

— Nada ! . . . Los nervios, Enriqueta. . . . 
¡Dios mió! ¿Qué hacer en situación tan 
difícil ? 

— Volviendo á vos, decidme: ¿No cono- 
céis la causa por la cual doña Marcela os 
despide ? 

— No la sé ; te lo aseguro . . . 

— Oh ! — murmuró Matilde — Bien lo sa- 
be Margarita; pero no quiere acusar á la 
culpable, porque á ello se resiste la nobleza 
de su alma. 

— Tú lo sabes ? 

— Sí. Berta es la causa. Mi desgraciada 
hermana, porque desgraciada será. Sem- 
brando abrojos, tan solo recojerá punzantes 
espinas, que la destrozen el corazón. 

— Pero, ¿ de qué habrá podido acusar á 
Margarita ? 

— Oh ! Se resiste la lengua á revelarlo. 
Mejor será que lo ignores, hermana mía. 

— Sí, Enriqueta. No intentes saberlo. 




LA CELADA 



161 



Sería un nuevo dolor para tu alma entris - 
tecida. 

— ¿Y qué importa? No lo habéis experi- 
mentado vosotras ? Pues, ¿por qué mi pecho 
ha de ser egoísta, no compartiendo vuestros 
sufrimientos ? 

— ¡Yo te lo suplico, Enriqueta ! 

— ¡ Margarita ! 

— Por desgracia, no tardarás mucho en sa- 
berlo. Berta misma se encargará de hacerte 
conocer la pretendida maldad de que me 
acusa. 

— Ah! Viniendo de ella, todo es amargo 
y desconsolador ! Pero, no os iréis en tanto 
que yo esté aqui. ¿ No es verdad? 

— Pasado mañana debo salir de esta casa. 
Esa es la voluntad de doña Marcela. 

— Tanto rigor ! No me explico el por qué. 

Margarita guardó silencio, á igual de Ma- 
tilde, inclinando su cabeza, abatida por la 
honda pena que abrumaba su alma. 

Enriqueta contempló á entrambas y luego 
lloró largo rato hasta que el propio dolor de- 
jóla como aletargada. 



u 




162 



LA CELADA 



Margarita posó su mano sóbrela frente de 
Enriqueta, y sintió que el ardor de la fie- 
bre se la quemaba. Miró, llena de angustias, 
á Matilde y murmuró muy quedo: 

— Parece que está enferma . . . 

— Yo velaré por ella. — repuso Matilde 
en el mismo tono. 

Margarita pidióle silencio á la jóven, co- 
locando el índice sobre los lábios, y dijo : 

— Descansad. Yo velaré su sueño. A mí 
me sería imposible dormir. 

Matilde se apartó suavemente del lecho de 
Enriqueta, y, vestida, se reclinó en el suyo, 
dispuesta á acudir, en caso de que Marga- 
rita necesitara de su auxilio. 

Y como el aposento continuase siendo 
dormitorio de las tres jóvenes, no tardó Berta 
en aparecer, dirigiendo investigadora mi- 
rada en torno suyo. 

Al descubrir á Margarita, asomó á sus 
lábios su habitual maligna sonrisa. 

Se desnudó en silencio, y al penetrar en 
el lecho, imperiosamente dijo : 

— ¡Señora Margarita! ¡Apagad la luz! 




LA CELADA 



163 



— Hermana — repuso Matilde — Enri- 
queta no se encuentra bien : tiene fiebre. 
Margarita ha de velar su intranquilo sueño, 
y no está bien que dejemos el aposento á 
oscuras. 

— Apagad, os digo, ó llamo á mi madre ! 

Matilde iba á replicar, pero el temor de 
despertar á Enriqueta, la contuvo. Marga- 
rita extinguió la luz, quedando envuelta 
en la oscuridad. 

¡ Pobre mujer I 

Tenía el alma tan buena, tan cándida y 
tan bella, que aunque víctima de las mal- 
dades de Berta, ninguna idea de venganza, 
ni de odio, empañó la pureza de sus senti- 
mientos. 

Sufría sin rebelarse, como si llorar fuera 
su única misión en la tierra. Su espíritu era 
de ángel. Tímida, no tenía valor para 
luchar ; pero sí abnegación bastante para 
sufrir resignadamente. Una amenaza la 
hacía temblar -pero había en aquella al- 
ma tanto amor, y ternura tanta, que se sen- 
tía capaz del sacrificio. De su propia debi- 




164 



LA CELADA 



lidad, sacaba fuerzas, y resistía á sus dolores, 
con la heroicidad de una mártir que sobre- 
vive á los quebrantos más rudos y á las 
torturas más atroces. 

La noche trascurrió sin que ocurriese 
cosa alguna digna de mencionarse. 

Los rugidos de la tempestad gradual- 
mente se aquietaban, y muy luego sucedié- 
ronle el silencio y la quietud. 

Enriqueta, aunque sobrescitada, reposó 
algunas horas, calmándosele un tanto sus 
intranquilos nervios. 

Las primeras tintas del alba sorpren- 
dieron á Margarita, junto al lecho de Enri- 
queta 

Esta, al despertar y verla allí, de pié, ante 
ella y en actitud solícita, sonrió dulcemente, 
profiriendo esta pregunta: 

— Habéis descansado, Margarita mía ? 

— Sí. ¿Y tú, cómo te sientes, querida? 

— Nada bien. La cabeza algo pesada: 
siento flaquear mi memoria, pues que las 
imágenes desaparecen, á pesar del esfuerzo 




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de mi voluntad, y tengo mucho cansancio 
en todo mi cuerpo. . . . ¡Ay! . . . 

— Permanece en cama ; reposa más aún; 
eso te hará mucho bien; y, sobre todo, no 
pienses en nada. ¿ Lo oyes ? 

Matilde y Berta habíanse despertado. 

Ambas abandonaron el lecho. 

Berta comenzó á vestirse, miéntras Ma- 
tilde, que habíase acostado sin despojarse, 
se aproximó á la cama de Enriqueta, ex- 
clamando : 

— Y bien! ¿ Cómo va ese valor? 

Y después de besar á Enriqueta, continuó : 

— Y vos, querida Margarita, sin reposar 
toda la noche, velando el sueño de nuestra 
querida enferma, os sentiréis fatigosa, como 
es muy natural. 

— ¡ Cómo ! Margarita ! ¿ Habéis permane- 
cido junto á mí, sin descansar un solo ins- 
tante? Eso me desagrada. 

— Bah! No tenía sueño. No había podido 
estarme quieta sabiendo que tú sufrías. Pe- 
ro no siento malestar. Estoy buena. Y la 




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prueba de ello, es que ahora mismo voy á 
salir á la calle. 

— ¿ Adonde vais? — preguntó Enriqueta, 
con visibles señales de inquietud. 

— A hacer unas cómpras, querida mía. 
Volveré muy luego. Tranquilízate. 

Margarita besó la frente de la jóven, y 
despidiéndose de Matilde y Berta, salió 
precipitadamente de la habitación. 

Berta prosiguió su tocado, sumida en el 
mayor silencio ; pero hecha toda oídos para 
no perder una sola sílaba de cuanto allí se 
hablara. 

A pesar de los ruegos de Matilde, Enri- 
queta abandonó la cama. Vistióse, y, en 
unión de su fiel compañera, bajó al jardin. 

La brisa fresca y aromosa de la mañana 
disipó un tanto la pesadez de su cerebro. 
Aspiró con delicia aquel ambiente perfu- 
mado, y, al contemplar en torno suyo tan- 
ta belleza y armonía tanta, en aquellos es- 
plendorosos instantes, sucesores de otros 
tempestuosos, sintió que oprimíale el cora- 
zón el recuerdo querido de su amado Alber- 




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to, y sus ojos se arrasaron en doloridas lá- 
grimas, y cubrió su rostro mortal tristeza. 

Matilde estrechó contra su pecho la ma- 
no de Enriqueta, que iba apoyada en su 
brazo, y exclamó: 

— ¡ Animo, amiga mia ! que la esperanza 
no te abandone ! Observa qué prismas tan 
seductores ! Y sin embargo, ayer rugía la 
tempestad, y ennegrecido el horizonte, sur- 
cábanlo relámpagos, precursores de la tor- 
menta. Mira, hoy trocado ese cuadro som- 
brío en un panorama, lleno de colores y de 
vida. Trasformacion igual correrá tu 
suerte. No lo dudes, Enriqueta mia ! Tras la 
borrasca deshecha, bordan el azul del cielo 
las luces bienhechoras de un sol esplendo- 
roso. Y el agitado mar de tu vida se trocará 
muy presto en apacible lago. Esa es la ley 
de las compensaciones. 

— ¡ Ah ! Dios te oiga ! 

Las dos amigas se internaron en la arbo- 
leda umbría del jardín, desapareciendo 
á poco. 

Berta las había seguido con la vista, aso- 




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mada en uno de los balcones de la casa. 

— ¡ Tened cuidado ! — murmuró, mirando 
siempre hácia el grupo que formaban Enri- 
queta y Matilde. 

— ¡ Ah ! — continuó — Siempre habéis si- 
do querida y mimada. Pero ha sonado ya 
la hora del sufrimiento, y estad segura de 
que no sonreiréis más con irritante expresión 
de calma y de ventura, pretendiendo ser 
siempre la más buena y la más hermosa de 
todas. 

La próspera suerte no me abandona. Seré 
condesa, sí ! Pero antes has de conocer tú, 
orgullosa Enriqueta, el temple de mi alma 
y el empuje de mis fuerzas. Siempre has 
querido ir delante de mí en todo. ¡ Oh ! Yo 
te dejaré atrás, muy atrás, donde nadie te 
pueda ver. Y si alguien intenta verte, que se 
avergüence de haberte visto ! 

Y al hablar así, los verdosos ojos de Berta 
fulminaban rayos de concentrada envidia, y 
de mal comprimido despecho, y su seno pal- 
pitaba violentamente á impulsos de la tem- 




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pestud que se agitaba en su alma pequeña 
y egoísta! 

Había trascurrido gran parte del dia, y 
Margarita no aparecía. 

Renato Morgan, á quien nada ocultá- 
basele de cuanto acontecía en la casa de do- 
ña Marcela, había acudido á enterarse me- 
jor, y hablaba con Berta, que le imponía de 
lo acaecido. 

Un pensamiento, que de antiguo acaricia- 
ba su mente, hízole concebir en aquel ins- 
tante un diabólico plan, cuya realización 
no quiso demorar. 

— ¡ Escuchad, mi querida y hermosa 
Berta! Cuando iba entrando á vuestra casa, 
vi á Alberto á corta distancia de ella, y oí 
que me llamaba. Hícele señas de que en se- 
guida iría. Permitidme que vaya para vol- 
ver en el acto. 

— ¿ Volvereis presto ? — preguntó Berta, 
envolviendo á Renato en una mirada de 
amoroso ruego. 

— Sí, al momento.